Crónica | Breve encuentro con un sombrerero

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Por Mariana Souquett

Un día, para un trabajo de la universidad, se me ocurrió escribir una crónica sobre los oficios antiguos que aún sobreviven en pleno siglo XXI en Caracas. Logré entrevistar a chicheros, fruteros y limpiabotas. Pero aún me quedaba una deuda.

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Investigando, me encontré con que todavía existía en el centro de Caracas la que es considerada la tienda más antigua de la capital: Sombrerería Tudela, con casi 90 años de tradición. Así que anoté la dirección —parroquia Catedral, Esquina de San Jacinto a Traposos, N° 21— y, esperando no perderme, me monté en una camionetica y me fui en su búsqueda.

Llegué y caminé todo el centro de la ciudad. Me sentí una mala caraqueña por no saber ubicarme por las esquinas. Sin éxito, pasé una y otra vez por la calle en la que, según había investigado, estaba la tienda. Pregunté, pero nadie sabía. Estuve dos días en eso. Me encontré con un policía que se metió a chichero, con un limpiabotas de oficio y con un frutero con más de 30 años como vendedor. El día de entrega llegó y la historia del sombrerero quedó sin contarse. “Habrán quitado la tienda”, pienso mientras me resigno.

Casi siete meses después estaba haciendo otro trabajo sobre economía y me fui, de nuevo, al centro de la ciudad. Como lo que uno busca aparece cuando uno no lo está buscando, de casualidad encontré algo. Ahí, diagonal a la casa natal del Libertador Simón Bolívar, por donde tantas veces pasé, estaba la vitrina con una tela anaranjada y sombreros de distintos tipos. Y su puerta estaba abierta.

***

Entro. No hay nadie. Hay algunas telarañas y estantes vacíos. Veo sombreros distintos, algunos bien acomodados y otros regados en distintas vitrinas; siento ese olor a viejo y encerrado. La Sombrerería Tudela es un pasillo que te lleva de viaje al pasado. A la izquierda, frente a la puerta, reposa una máquina antigua para planchar sombreros. En el fondo, una máquina registradora marca National, le añade otro toque retro al establecimiento.

Me sorprendo porque estoy sola en la tienda, tomando fotos y apreciando cada detalle. En Caracas, una de las ciudades más peligrosas del mundo, es raro que no te vigilen en establecimientos, por miedo a robos. En eso, entra un señor mayor, canoso, gordito y de bigote.

—Asumo que esta es la Sombrerería Tudela —digo.
—Es así —responde.
—Usted no sabe cuánto busqué yo esta tienda. Pasé varias veces y lo que veía era una reja gris y seguía buscando.
—Hace 20 días que no abría. Aquí no hay mucha vida.

Se trata del señor Juan, el único encargado de la Sombrerería Tudela. Le explico mi emoción por haber encontrado finalmente la tienda en la que el presidente Rómulo Betancourt compraba y arreglaba sus sombreros, y le pregunto por las ventas y la historia del local.

El señor Juan no es tan riguroso como Milagros Socorro, quien señala en su crónica “Sombrerería Tudela” que la tienda data de 1931-1932, cuando fue fundada por la pareja española formada por Rafael Tudela Boronat y Rosa Reverter. El señor Juan dice que ésta pertenecía a los Tudela y luego pasó a manos de los Pérez Pérez, quienes lo contrataron cuando era joven, y desde entonces ha trabajado allí.

***

Este día, el señor Juan no quiere hablar mucho. Me dice que hago muchas preguntas. Con cada respuesta siento un dejo de nostalgia en su voz. Tiene 70 años, de los cuales lleva 55 trabajando como sombrerero en Tudela. Tras más de medio siglo en este oficio, el señor Juan es probablemente el mejor sombrerero de Caracas.

—¿Cuál fue el mejor momento de la sombrerería?
—Los años anteriores, los que pasaron.

Después de un buen rato en la tienda, llega un cliente. Ve los sombreros estilo vaquero. El señor Juan lo atiende con alegría. Es un cliente habitual de la sombrerería. Conoce y habla de marcas con el señor Juan: Stetson, Resistol, Huckel… todos modelos americanos importados desde los Estados Unidos y que tienen elevados precios en el mercado. Sin embargo, descubre que de la poca oferta del señor Juan hay una que otra joya y buenos precios, pues encuentra en 60.000 Bs un sombrero que vio en otro lugar en Bs. 300.000.

—Este es de los buenos —dice el posible comprador.
Después de unos minutos, el cliente se va. Como no sé nada de sombreros, le pregunto al señor Juan quién en Venezuela usa ese estilo de sombreros que estaban observando.
—Es que él es cantante. Música llanera.

Tiene sentido. Por sus zapatos puntiagudos debí haberlo adivinado. Antes de irse, el cantante promete volver con un sombrero para que le hagan mantenimiento. Y aunque el señor Juan —además de tener sombreros vaqueros— tiene sombreros playeros, llaneros, sombreros Panamá y sombreros pelo e’ guama o Borsalino, obtiene la mayoría de sus ingresos de parte de la tienda por la reparación y el mantenimiento de sombreros.

***

Ya son las 4 de la tarde y la tienda ya debe cerrar. Le pregunto por el futuro de la que en algún momento fue la sombrerería más visitada por políticos y artistas.

—Pronto la vamos a quitar. Un familiar viene a veces en la mañana un rato, pero ya no le podemos dar vida —expresa.

Antes de irme, le comento al señor Juan que la Sombrerería Tudela sería un lindo museo para Caracas, cosa que sería preferible a su cierre o incluso su demolición. El señor Juan responde con una mueca y deja entrever que no hay mucho interés de parte de los dueños ni de la alcaldía del municipio Libertador. Para cerrar, le pido que me preste un sombrero, que se ponga sus sombreros favoritos y que me deje tomarle fotos para que así, en caso de que eventualmente clausure, quede un registro. Y no lo vi más feliz que cuando se puso el sombrero. Quise volver para saludar y obtener más detalles, pero desde entonces no he sabido más de la tienda más antigua de la capital venezolana y del señor Juan, su fiel sombrerero.


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