Crónica | El hambre revuelve la basura

Cristina, madre de dos niños y dos adolescentes, cuenta por qué decidió comer y alimentar a sus hijos de los desperdicios de una zona residencial

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Por Grisha Vera
Dos mujeres, una adolescente, dos niños y un bebé están sentados al lado de las bolsas de basura que acumulan todos los habitantes de la residencia Belloral, ubicada en Bello Monte, en una calle paralela al bulevar de Sanana Grande. Allí todos, con la excepción del bebé, comen con sus manos y con desespero pedazos de pollo y pasta que hay en una bandeja de anime.

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Cristina Paez, la madre de casi todos, tiene un Cheese Tris entre las piernas. Tanto el Cheese Tris como el pollo y la pasta fueron unos regalos que momentos antes dos personas de las residencias les habían dado. Al lado de Cristina y cerca de una bolsa negra de basura se ve una lechosa madura a la cual todavía se le puede sacar provecho.

Cristina es de Petare, del barrio José Félix Rivas, y fue todos los días de octubre, noviembre y parte de los de diciembre de 2016 a Bello Monte con sus cuatro hijos: dos que no llegan a los diez años, una de dieciséis (que tiene un bebé de cuatro meses) y una de diecinueve. A pesar de que en Petare también hay zonas residenciales y basura, Cristina prefiere la de Bello Monte: “Allá no es así como aquí, porque aquí hay como gente rica pue´ que son mejores que allá”.

Antes de buscar los alimentos en la basura Cristina y su hija mayor trabajaban en una fábrica y ganaban sueldo mínimo. “Nosotros trabajábanos igualito los riales que ganábamos no nos alcanzaban. Igualito pasabanos hambre. Agarrábamos los riales, pero pasabanos hambre. Entonces decidimos dejar los trabajos y venirnos. Si trabajamos igualito no podemos comer porque no conseguimos la comida. Entonces es más fácil salir a la calle a que alguien nos de la comida o buscar en la basura”, cuenta.

Cristina sale de su casa a las 10 de la mañana y llega a Bello Monte al mediodía. Las hijas mayores se quedan sentadas al lado de la basura de las residencias Belloral, mientras la madre va a buscar en los basureros aledaños al lugar porque a ella no le gusta que el bebé de cuatro meses esté metido en la basura. Los niños, cuando tienen que comer, van a la escuela y luego se los llevan Bello Monte a seguir tratando de resolver la comida del día. “Siempre pierden uno o dos días de la semana porque no tengo nada que darles”, comento su mamá.

Cuando alguien les da dinero van y hacen colas, pero casi siempre la diligencia es en vano, advierte Laura, la hija mayor. Además, con un tono de molestia e incomprensión agrega: “A veces uno no consigue nada y uno tiene que irse a la casa con la mano pelada o a veces tenemos que comer pan todo el día y pan no es comida”.

Para Cristina el responsable de que ella y su familia no tengan la oportunidad de comprar sus alimentoso es el Gobierno: “Cada vez que lo veo en la televisión esta que si repartiéndole medallas a los depoltistas y yo nuca los escucho hablando que si de la comida. No importa que la comida esté cara, pero que traiga”.

Esta mujer, de cuarenta y tantos, tenía un año sintiendo el hambre. Cuenta que antes de tomar la decisión de darle de comer a sus hijos los desperdicios de otros habían pasado hasta un día entero sin comer y en otras ocasiones tuvieron la oportunidad de comer solo una vez al día.

“Nosotros salimos a la calle y nos dan comida, conseguimos en la basura harina pan, conseguimos arroz. El niño cuando nació no tenía ropa y ya el niño tiene un poco de ropa que le han regalado, que hemos conseguido. Cuando estábanos en la casa pasabanos trabajo”.

Pero la permanencia de Cristina junto a sus hijos y su nieto en aquella residencia caraqueña no era molesto solo para ella. Los habitantes de la zona a mediados de diciembre, el mes donde el venezolano celebra eufóricamente el nacimiento de aquel que vino al mundo a enseñarnos a “amar a los otros como a nosotros mismos”, decidieron guardar dentro de la residencia la basura hasta que pasara el aseo. Guardar los desperdicios de la actividad humana para evitar la visita de la necesidad.

No sé dónde comerá Cristina y su familia ahora, probablemente en otro basurero de la ciudad. Ella y su familia, como ahora se pueden ver a muchas personas en las calles del país, deambulan entre los desperdicios de otros, entre el papel tualé usado, entre las cosas podridas, compitiendo con las cucarachas para encontrar un pedazo de algo que todavía se pueda comer. Esas manos, las de ella y las de sus hijas, sucias de tanto escarbar entre los desechos, son las manos de la crisis.


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