Crónica | Mis pies sobre Caracas

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Fotografía: Alba ciudad

Por Armando Altuve

No me detuve a pensar que distancia hay entre mi lugar de trabajo y mi casa cuando ese 27 de octubre a las 6:28 de la tarde, en medio de un fuerte retraso en el metro, decidí caminar para regresar a mi hogar. Si bien no reparé en ahondar sobre la causa de la falla del sistema de transporte, supe de la avería al ingresar a la estación Los Dos Caminos, al este de Caracas. El andén estaba repleto de personas que esperaron un tren por más de 15 minutos. Estuve un rato esperando alrededor de unos diez minutos con los demás usuarios; pero la impaciencia, aunado al vaporón que se sentía en la estación, me obligó salir del subterráneo.

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Las avenidas Rómulo Gallegos y Francisco de Miranda lucían opacas. Las aceras estaban atiborradas de transeúntes molestos que apresuraban el paso en una carrera contra tiempo. Daba la impresión de que se tropezaban unos con otros. Más personas salían de las estaciones Miranda, Altamira y Chacao y se incorporaban en las largas filas de las paradas para montarse en un carrito por puesto. En esas colas en las que no me pude meter porque ninguna camioneta de la línea que me deja cerca de El Cementerio, al sur de Caracas, donde vivo, no estaban prestando servicio. O, al menos, esa fue mi impresión.

Volví a recordar lo que me dijo un conductor: solo 20% de las unidades están operativas porque no hay repuestos ni cauchos y para los conductores es cada vez más complicado acceder a esos productos porque los costos que se disparan con la inflación. El transporte está colapsado, y una evidencia clara esa afirmación es que la hora pico ya no es entre 5 y 6 de la tarde, sino que se extiende hasta por unas dos horas más.

Las pocas camionetas que pasaban estaban repletas, con usuarios tomados de la puerta principal de las unidades. Algunos choferes, aprovechando la necesidad de los usuarios, les cobraban el pasaje en Bs. 500 –que oficialmente cuesta Bs. 280 y, actualmente, los choferes subieron a Bs. 700– para llevarlos de Altamira hasta Plaza Venezuela. Los que estaban inconformes y reclamaban el abuso tenían dos opciones: esperar o caminar.

***

El bulevar de Sabana Grande se abría a mis pies adoloridos por el trecho recorrido. Desde la Rómulo Gallegos hasta Chacaíto no descanse ni un poco. No tenía efectivo suficiente en la cartera para compararme un botellón de agua mineral, solo contaba con el dinero del pasaje para pagar el traslado en el autobús que tomo en La Hoyada todas las noches. Ese pasaje me lo completó un amigo porque, para colmo de males, no conseguí un cajero automático para sacar plata.

En mi cuenta bancaria tampoco tenía tanto dinero, pues, cerca de la quincena, como muchos otros, hago maromas para estirar lo poquito. Entonces, vistas esas pequeñas limitaciones, me tocó respirar profundo y darle pasito a pasito, con calma pero con un pelo de prisa. Comencé a caminar el bulevar sin pensar en los kilómetros que me faltaban por recorrer.

Las ganas de entrar al metro se habían quitado, incluso hasta mi deseo de mentarle la madre a Maduro por enésima vez. En medio de ese ejercicio de resistencia, cambié el pensamiento: si subí el pico Naiguatá hace un año y sobreviví, el trecho que me quedaba hasta Plaza Venezuela no me mataría, a pesar de que estaba reventado por la jornada del día. El cansancio trajo a mi mente ideas irónicas: la crisis tiene matices, el colapso de Caracas, sin metro y sin camionetas, elevaba otro logro de la revolución: estimular la actividad física moderada en una ciudad, cuyos habitantes aparentan ser sedentarios y workaholic…

El bulevar de Sabana Grande estaba despejado. Mi paseo por sus espacios se resume en imágenes cotidianas: parejas sentadas comiendo helados, niños correteando, vendedores ambulantes alterados, policías parados en esquinas, larga cola en La Poma, imitadores rimbombantes y excéntricos y olores a galleta tostada, fritanga y golfeados. El reloj de La Previsora marcó las 7:36 de la noche. El semáforo en verde me detuvo: mi primer descanso después de una hora de camino.

***

Gente iba y venía apurada, borrachos se acomodaron en rincones y entradas de edificios, buhoneros insistían en vender hasta lo último que les quedaba de la mercancía; el bullicio de la multitud, el ruido perturbador de las cornetas y motores de los automóviles y motocicletas: Plaza Venezuela es el epicentro del caos capitalino.

Faltaban quince para las 8:00 de la noche cuando me dirigí a la parada de las camionetas que llegan hasta El Cementerio. Allí no había transporte, pero sí una cola larga que empezaba en la estación del metro, que da a la avenida Sur, y terminaba a la altura de la sede del Sebin. Sería un castigo meterme en esa fila para esperar una camioneta que sabía Dios cuando llegaría a recoger a los pasajeros.

Sin pensarlo dos veces, me subí como pude en la primera unidad de transporte que venía de Carmelita. No leí bien el letrero, pero entendí que iba para El Valle. No era mi ruta, pero me dejaría en Los Símbolos. En ese traslado dejé el dinero que me prestó mi amigo. Sentando en la camioneta, pensé que al llegar iría a los cajeros automáticos del Banco Provincial que está en la avenida Victoria a sacar efectivo y completar otro pasaje para montarme en otra camioneta que me dejara cerca de casa.

Pensé que esa agencia estaría abierta porque una vez saqué efectivo en horas de la noche. Mi dolor en las piernas incrementó cuando no pude abrir la puerta para ingresar a los cajeros. Habían cerrado porque no había plata. Caminé hacia el Banco Caroní, que queda a una cuadra, y la línea roja en la dispensadora de dinero me indicaba que no tenía efectivo. Eran las 8 y pico de la noche. Me faltaba por recorrer toda la avenida Victoria, el techo entre esa avenida y la entrada a El Cementerio y el bulevar César Rengifo. No me detuve a pensar que distancia hay entre mi lugar de trabajo y mi casa…


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