Domingos Criollos: Este país necesita un espejo gigante

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Por Juan Briceño

Para hablar de una identidad cultural del venezolano, de eso que llaman muchos la venezolanidad, primero hay que tener clara una cosa: Nosotros no somos esos indiecitos que vemos todavía por ahí deambulando con taparrabos por las calles de algunos pueblos. De ahí venimos, en parte, pero no somos eso.

Tampoco somos los españoles, ni los negros que trajeron los españoles. Ni somos los italianos, ni los portugueses ni ninguna de esas razas que llegaron para acá en cambote en tiempos del ‘ta barato dame dos.

Pero tampoco sabemos que somos, porque somos un mezclote. Resulta, dicen algunos, que nuestra identidad está perdida. Y otros comentan que no puede haberse perdido algo que nunca hemos tenido.

Y es que, ¿qué me une a mí con uno de esos indiecitos mencionados arriba, o con el portugués que vende pan a dos cuadras? ¿Qué une al gocho con el llanero, y al maracucho con el caraqueño?

Son preguntas que habría que hacerse una y mil veces, temas que dan para tomarnos unas cuantas birras discutiendo. Hay quienes se comen una identidad gastronómica y hablan de la arepa, el pabellón, la hallaca, la cachapa, entre otros.

Algunos son más naturalistas y te hablan de El Avila, El Salto Ángel, de las playas, los paisajes y la cosa, pero el territorio es una cosa accidental, la arbitrariedad de alguien convertida en papel después de quién sabe cuántos procesos diplomáticos y negociaciones que aún no terminan.

Muchos vienen y te hablan de la bandera (¿la de siete u ocho estrellas?), del escudo (que pocos dibujarían bien sin tenerlo al frente) o del libertador (que cada quien usa a su conveniencia), símbolos de los que se ha abusado tanto que han perdido el significado o significan algo distinto para cada quien.

Pero, ¿qué somos nosotros y en dónde nos vemos representados? Creo que carecemos de símbolos, que los perdimos. Y que más allá de eso, los que teníamos no nos representaban. No me siento más venezolano en la plaza Bolívar que en la plaza Francia de Caracas. Pero siempre he pensado que nos hace falta, por ejemplo, una plaza El Sancocho (y no por lo gastronómico sino por la fiesta que representa hacer un sancocho en cualquier lado), o una avenida El Vivo.

Y no con eso quiero decir que esas cosas nos representen en su totalidad, sino que sería chévere para el venezolano toparse consigo mismo en su entorno, verse a sí mismo y no verse rodeado de símbolos y cosas que no le son propias ni le quedan.

Para debatir todo esto, para poner ideas, para que me las discutan y escuchar otras, es que comienzo este espacio para hablar una vez de la semana de un tema de suma importancia: La identidad cultural del venezolano.

Basta ya de querer vernos en cosas ajenas y de idealizar lo que somos, vamos a empezar a vernos como realmente a la cara y decirnos: somos bajitos, morenitos y rechonchos; o blancos, bailamos sabroso y jodemos; o lo que sea que seamos, pero vamos a vernos. Insisto, este país necesita un espejo gigante.

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