Entrevista | El chavismo es del siglo XXI y la oposición del XX

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Por Juan Briceño.

“Yo creo que uno ahorita pudiera decir que el país es una montonera”, comenta Miguel Ángel Latouche. No un campamento, ni un hotel, como lo definió Cabrujas en el 87. La primera definición que la RAE da para “montonera”reza: “Montón, gran cantidad de algo”. La segunda es: “Grupo o pelotón de gente de a caballo que intervenía como fuerza irregular en las guerras civiles de algunos países sudamericanos”. Pero lo que Latouche quiere expresar es que Venezuela, la actual, no es un país, sino un territorio con un grupo de gente. O, lo que es peor, varios grupos de gente que no se comprenden entre ellos mismos.

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A Miguel Ángel Latouche, doctor en Ciencias Políticas, lo encontré sentado en su oficina el viernes 29 de septiembre, durante el último día de su gestión. Hasta ese día, ejerció como director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela (UCV), cargo que ocupó durante 9 años.

En su oficina, con poca luz pues la universidad no tiene para costear los bombillos, conversamos sobre Venezuela, la venezolanidad y principalmente sobre la situación política del país. Latouche tiene mucho cuidado con sus aseveraciones, se le nota, aunque dentro de ese cuidado también se escapa la espontaneidad de quien tiene tiempo pensando sobre el tema.

Entre los políticos que admira están Rómulo Betancourt y Winston Churchill, y sobre la política venezolana actual parece susurrar una conclusión a lo largo de toda la conversación: El chavismo es un fenómeno del siglo XXI, mientras que la oposición sigue estancada en el siglo XX.

Otra de sus afirmaciones, y quizá la más importante, es que debemos tener cuidado al mirar pues los venezolanos, y la mayoría de los analistas no escapa de esto, tenemos la manía de ver las cosas como las queremos ver y no como son. El resultado, tras 30 minutos de conversación, es esta lectura de país presentada a modo de entrevista.


¿Cómo es Venezuela?

Yo creo que este es un país complejo que no se entiende a sí mismo, que vive sujeto a muchas ilusiones, a muchos sueños no realizados y a una lógica aspiracional que nosotros pretendemos que nos lleve a la felicidad absoluta, a un bienestar y progreso sin mucho esfuerzo.

Yo creo que el boom petrolero, esa cosa terrible que nos pasó en los años 70, nos hizo mucho daño porque cuando uno piensa en la generación de mi papá, por ejemplo, era gente muy trabajadora, era gente que entendía que el progreso va atado al esfuerzo. Creo que desde la dinámica populista que se instaura en Venezuela, con mucha fuerza en los 70 y que continúa hasta ahorita, hemos dejado de comprender la importancia del factor trabajo como un factor de socialización, como un factor de integración social y como un factor de construcción de uno mismo.

Entonces yo creo que el país se mueve entre falsedades. Las falsedades que unos nos dicen y las falsedades que uno se cree. Mi generación estuvo sometida a una cosa terrible: yo recuerdo en mi niñez una prédica populista muy claramente planteada en la propaganda oficial de acuerdo con la cual este país estaba condenado al progreso. El hecho de que un país esté condenado al progreso significa que uno no tiene que trabajar mucho para lograr ese tránsito. Creo que es un país que está midiéndose a estas alturas al rededor de la búsqueda de El Dorado, de la riqueza fácil, de la jugada de dados que resuelva. Así no se construye un país, y quizá por eso tenemos un país tan destruido.

Comenzó la respuesta anterior diciendo que este era un país que no se entiende a sí mismo, ¿qué hace falta para que este país se entienda?

Yo creo que nosotros tenemos que revisar nuestra comprensión de quiénes somos los venezolanos, qué significa ser venezolanos. A nosotros nos divierte mucho esta cosa somos, este caribe que nos habita, esta capacidad que tenemos para improvisar, el hecho de que somos gente muy divertida, muy agradable, muy querida.

No hay una comprensión profunda de lo que significa ser venezolano, y yo creo que por eso no hay proyecto de país. Venezuela se constituye como estado nacional tardíamente, casi a la tercera década del siglo XX. Antes era una montonera, un territorio donde había una gente que vivía junta. Ahora, ¿qué hace falta para que un país sea un país? Uno tiene que preguntarse eso. Hacen falta unos valores comunes, una historia común.

Yo creo que el problema del venezolano es un problema de construcción de narrativa. Este es un país que ni siquiera tiene claro cuál es el rostro del libertador. Hay un Bolívar histórico, pero hay otro rostro que aparece y que apela a mucha gente, y que implica una división, una ruptura en términos ideológicos, conceptuales, en términos culturales. Nadie discute cuál es el rostro de Napoleón, por poner un ejemplo, pero nosotros estamos en el siglo XXI discutiendo cuál era el rostro de Bolívar, nuestro héroe más importante. Eso implica un país que está dividido.

Reconstruir un país, reconstituir el país, implica definir cuáles son las bases y el sustento de la venezolanidad, implica definir qué nos constituye en tanto que venezolanos.

¿Cómo ha sido la política Venezolana en lo que va de siglo XXI?

Yo creo que nosotros estamos sometidos a una lógica errática. Un país necesita saber hacia dónde avanza, dónde nos vemos dentro de 50 o 100 años, qué esperamos para nuestros hijos.

Mira, las políticas públicas venezolanas son muy deficientes. Hay problemas en salud, en educación, en infraestructura… Yo creo que estamos en una dinámica de destrucción. Somos un país que se destruye, que se diluye. Uno observa las grandes capitales de América Latina y las compara con Caracas y Caracas da mucha tristeza.

Estamos sometidos a un gobierno que sabe ejercer el poder, porque evidentemente lo ejerce, mantiene el control y reprime donde hay disidencia. Pero no estamos frente a un gobierno que gobierne, que gerencie lo público y que sea capaz de generar bienestar para la mayoría de los venezolanos.

Yo no creo que Chávez haya sido un accidente histórico, creo que fue producto de una situación particular. ¿Qué situación? Bueno, una situación de exclusión importante. Antes de la llegada de Chávez no había un rango de oportunidades donde todos éramos felices y todo el mundo tenía bienestar. Los excluídos eran muchos, la gente estaba pegada contra la ciudad montada en los cerros.

Por eso el 27 de febrero del 89 fue tan contundente. La gente literalmente bajó de los cerros a saquear, a cobrar lo que consideraban que era una deuda. Una deuda con su propio bienestar, con su capacidad para realizarse en términos de una vida que valga la pena ser vivida. Creo que Chávez se monta sobre esa dinámica, sobre esa realidad.

Pero lo hace, lamentablemente, de manera deficiente, porque evidentemente, casi 20 años después, no hay respuesta. Hay cosas como el Clap, el banco del pueblo, el banco de la mujer, el apoyo a los abuelitos. Todos los gobiernos hacen cosas. La pregunta es cuán eficiente son esas cosas. Esto es una cosa de inventar programas sobre programas y proyectos sobre proyectos sin solución de continuidad y con una construcción ideológica terrible.

¿Se debe entender la política venezolana en términos de derecha e izquierda?

La política venezolana está marcada por una definición de derecha e izquierda que es muy clara. Yo no sé si conceptualmente estamos frente a las categorías adecuadas, pero definitivamente desde una perspectiva ideológica esos conceptos se han impuesto.

¿Cabe la palabra dictadura para definir a este gobierno?

Creo que este es un gobierno autoritario, no creo que esto sea una dictadura si la comparamos con Pérez Jiménez o Pinochet. Este es un gobierno autoritario, arbitrario, un gobierno que ha actuado fuera del marco legal en algunas instancias, pero en una zona muy borrosa entre la legalidad y la ilegalidad.

Este es un gobierno ilegítimo, pero legal, porque acomoda el marco legal a su conveniencia. Claro, es particular, porque yo no creo que el chavismo tenga tan poco apoyo como se dice. Esa es otra de las ficciones en las cuales vivimos.

Los venezolanos tenemos un problemas al mirar, muchos analistas políticos incurren en él: vemos las cosas que queremos ver y no las que están pasando. Construimos una realidad en paralelo, la que nos conviene, la que nos gusta, la que no nos hace daño.

¿Cree que el chavismo interpreta mejor el país que la oposición?

Creo que el chavismo tiene dos ventajas: una es que tiene un discurso político, un ideario, que es el de Chávez y que lo usa, lo utiliza y lo reutiliza de manera permanente. Bueno o malo, no voy a calificarlo. La segunda es que el chavismo está lleno de gente que alguna vez se batió en la calle, y que conoce la calle y conoce a la gente en la calle y habla un lenguaje que la gente percibe como cercano.

Definió el gobierno con una frase que me pareció muy importante: “Un gobierno que sabe ejerce el poder, pero que no gobierna”. Ahora, ¿cómo define a la oposición?

Yo creo que la oposición no comprende el momento político que estamos viviendo, una oposición que está montada en una lógica partidista tradicional como si estuviéramos viviendo la continuidad de la cuarta república. Cuando uno habla con alguna gente de la oposición hay dos cosas que se hacen presente: Uno, la idea de que Chávez es un accidente, de que todo funcionaba bien y que Chávez lo dañó. Y la otra idea que se hace presente es que basta salir del chavismo para que todo se solucione. Yo creo que eso no es verdad, que el problema venezolano es estructural.

Aquí hay que repensar el país a profundidad. Ahora, ¿quién en la oposición está repensando el país? Y, ¿desde dónde se está repensando el país? Una cosa es ver a Venezuela desde Altamira y otra cosa es ver a Venezuela desde Cojedes, Portuguesa, Apure, Trujillo. Yo no creo que la oposición venezolana esté trabajando el país profundo, yo creo que ni siquiera lo comprende. Yo creo que ni siquiera tiene la voluntad de sentarse a escuchar.

Sinceramente pienso que nuestra oposición no estudia.

Dígame un político venezolano que admire y respete.

Rómulo Betancourt. Sin lugar a dudas fue el hombre más importante del siglo XX venezolano. Betancourt construyó un país con una idea clara de país.

Este es un país interesante. Fíjate, el liberalismo amarillo estuvo contra la dictadura durante todo el gomecismo, y no pudo vencer a Gómez. La oposición venezolana tiene 20 años peleándose con el chavismo y no ha podido vencerlo, no lo comprende.

El liberalismo amarillo pensaba que Gómez era un fenómeno del siglo XIX, y Gómez era un fenómeno definitivamente del siglo XX, y la oposición venezolana piensa que el chavismo es un fenómeno del siglo XX, y yo estoy convencido de que el chavismo es un fenómeno del siglo XXI.

Volviendo a Rómulo, él nunca quiso asociarse ni con el liberalismo amarillo ni con los comunistas, y definió un espacio nuevo para hacer política, definió un ideario. Yo creo que nuestro problema, en términos de los políticos venezolanos que están en la oposición, es que no hay ideario político. No hay una idea de fuerza a partir de la cuál tu puedas construir el país.

Por ejemplo, Martin Luther King metió a un millón de personas en el centro de Washington y se lanzó un discurso extraordinario, en el cual lanzó una línea política dura y planteaba exigencias claras. Capriles mete un montón de gente en una manifestación y los manda a cacerolear para drenar su arrechera. Yo no me imagino a Martin Luther King haciendo eso. Los hombres se miden por su tesitura moral, en función de su fortaleza, de su formación, por las cosas que leen y ven, en función de la capacidad que tienen para marcar una pauta, una ruta. Nuestra oposición no ha tenido capacidad para marcar una ruta. Ha sido improvisada, ha sido ineficiente, ha sido torpe.

No era fácil salir del gomecismo. No era fácil, había mucho peligro. Pero hubo una formación, hubo unos hombres que construyeron un ideario político. Sin ideario político no hay política. El dilema es viejo, y Lenin lo resolvió: No hay revolución sin teoría revolucionaria. Tampoco hay democracia sin teoría democrática. Pero hay que teorizar, hay que pensar.

¿Qué se puede esperar en Venezuela en los próximos 5 y 20 años?

En 5 años… Creo que vienen momentos muy duros, vienen crisis profundas que vamos a tener que enfrentar, porque este es un país que está dividido y que no tiene institucionalidad. Yo no veo un futuro feliz a corto plazo. Es que no tenemos una ruta de políticas públicas claras, desde las cuales podamos pedirle al estado que sea eficiente.

Yo espero que en 20 años la clase política se haya reconstituido, que los jefes de partido hayan cambiado, que tengamos gente mucho más formada al frente de los partidos políticos, tanto de oposición como de gobierno. Espero que podamos definir una ruta conceptual desde la cual podamos reconstruir el país, que esta diáspora de venezolanos que se han ido del país regresen.

De todas las crisis a las que se ha acostumbrado el venezolano y que vivimos cotidianamente, la de servicios públicos ineficientes, inseguridad, inflación, entre otras, ¿cuál es la más grave?

Lo peor que tenemos es la convivencia, la imposibilidad que tenemos de convivir, de encontrarnos, de tener diálogos constructivos. Este empeño que tenemos en darnos la espalda, en descalificarnos. Esta división es maldita porque rompe la dinámica social, rompe la cohesión colectiva y es potencialmente violenta. Yo creo que de allí parten todos nuestros males.

El ciudadano vs. El funcionario

En Venezuela el funcionario es completamente discrecional. Aquí se hace lo que el funcionario mande, lo que al funcionario le de la gana. El ciudadano no tiene la capacidad para protegerse, aquí hay un mal funcionamiento del estado de derecho.

La crisis universitaria

La crisis universitaria es vieja. Desde los años 80 estamos hablando de un presupuesto deficitario. Pero la de ahora es una crisis muy dramática. Tenemos una universidad que no se revisa adecuadamente, que vive de las glorias pasadas.

La UCV tuvo glorias importantes. Los grandes pensadores del país salieron de esta universidad, pero esta es una universidad sin recursos, con muy malos sueldos para sus docentes, con políticas que no estimulan a sus docentes a ascender. Estamos frente a una universidad en crisis que ni siquiera tiene plata para comprar bombillos, o para pegar cables. Esta es una universidad que no tiene una interrelación globalizada, con dificultades de comunicación, con cubículos que no funcionan…

Es una universidad reducida casi a su mínima expresión, con una intervención administrativa y presupuestaria. Es una universidad intervenida. Nosotros hablamos mucho de autonomía, pero no tenemos autonomía presupuestaria. La presión externa, gubernamental, es muy ruda, y la ineficiencia interna es muy profunda.

Desde su posición de director de la Escuela de Comunicación Social de la UCV, en la que se mantuvo durante 9 años, ¿cómo es estar en el poder en Venezuela?

Ejercer el poder, cualquier cargo de poder, en este país es rudo porque este es un país en el cual la amistad cívica no existe, no lo entendemos. No comprendemos muy bien eso de cooperar para lograr objetivos comunes. Somos un país muy individualizado, en el cual cada quien cree que se salva solo. No hay proyectos en común y por lo tanto es difícil solicitar colaboración y que la gente efectivamente lo haga.

Entonces quien ejerce el poder tiene que estar presionando a la gente para que cumpla con su deber. Y se supone que uno cumple con su deber porque le toca, ¿no? Pero uno aquí tiene que perseguir a un profesor para que venga a dar la clase, para que cumpla con el horario. Nos encanta echar carro y eso es un problema.


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