Fragmentos: “Lo habían torturado y no podían exhibirlo”, testimonio de la resistencia contra Pérez Jiménez

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Renée Hartmann estuvo, desde su juventud, involucrada en la construcción de bases políticas sólidas y democráticas en el país. Clandestinamente, militó en el partido Acción Democrática, el cual trabajó a escondidas de varios gobiernos para impulsar la democracia en el país, meta que creyó lograr en 1945 y que fue vuelto a tumbar durante 1948, cuando de un golpe de estado cae el gobierno de Rómulo Gallegos.

Durante los años siguientes Venezuela viviría sin libertades políticas y los pocos partidos que se habían logrado afianzar empezarían a desmenuzarse o a sobrevivir en la clandestinidad. Es de esta vida clandestina de donde extraemos este episodio, narrado en el texto Rómulo y yo, del cual Hartmann es autora.

Hartmann, quien de sus luchas clandestinas pasó a casarse con Rómulo Betancourt, formó parte de “la resistencia” contra Marcos Pérez Jiménez, estuvo en el exilio y se enfrentó en más de una ocasión, cara a cara, con la Seguridad Nacional de entonces, liderada por Pedro Estrada. A continuación reproducimos parte de su texto:

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Se preparaba un levantamiento en Boca de Río y Alberto seguía trabajando con los cuadros del partido. Se acercaba el 28 de septiembre, fecha en que habían nacido Leonardo Ruiz Pineda, Alberto Carnevali y Alfredo Coronil, mi exmarido. Tres días antes Alberto me envió un mensaje diciendo que deseaban que pasáramos esa fecha todos juntos. Pero el 26 de septiembre agarraron a Gerónimo Boza, uno de sus enlaces principales, y lo agarraron cargado de mensajes. Yo había tenido dos seudónimos en la resistencia, Eva y Laura. Por entonces era Laura; a Boza le agarraron un mensaje para mí. Nosotros teníamos por costumbre ponerle a los mensajes el día, la fecha y la hora. Por ejemplo, viernes, 9, 10 pm. Boza fue sacado a golpes de la fábrica de cajas de cartón que tenía y torturado brutalmente. Muchas veces habíamos hablado él y yo sobre el límite que podía tener un hombre ante el dolor. Esto lo preocupaba ya que era de contextura física débil. Valor sí tenía mucho, lo vi afrontar la muerte (…). Era un hombre que no le temía a la muerte, su temor era el de no poder resistir la tortura física y hablar de lo que no quería.

Muchas veces le repetí que se debían soportar cuarenta y ocho horas para darle tiempo a los demás de cambiar de concha y ponerse lejos de la Seguridad Nacional. Boza así lo hizo: después de las cuarenta y ocho horas, no pudiendo resistir más, empezó a dar los nombres de las personas a quienes iban dirigidos los mensajes, las direcciones, etc. Fue simplemente un hombre que llegó al límite de su resistencia. Para mí fue más bien un héroe por haber soportado esas cuarenta y ocho horas. En cambio nosotros no fuimos lo suficientemente ágiles para ponernos fuera del alcance de la Seguridad Nacional.

Alberto sí se cambió de concha, pero detuvieron a casi todos sus colaboradores. Yo sabía que mi turno estaba próximo. Por una vez no pensé con claridad y en vez de asilarme con mi hijo en una embajada fui a la Casa de Observación y les dije a los compañeros lo que iba a suceder y le encargué a Carmen Luisa Uribe temporalmente de la dirección de la misma. También hablé con mi madre y con mi hijo, que entonces era muy pequeño. Me di un buen lavado de cabeza y preparé en una cartera grande lo indispensable: peine, cepillo de dientes, etc. Era el 28 de septiembre de 1952. Como a las 6 de la tarde, estaba la Seguridad Nacional en mi casa. Mi única preocupación era mi hijo, era un chiquillo y no podía ocultar su angustia. Llamé a uno de los agentes de la Seguridad Nacional, acerqué a mi hijo y le dije: “Alfredo, mira, es una persona como los demás, voy a pasar algún tiempo con ellos, nos veremos pronto”. 

Le dije a mamá que llamara al “Chino” pues su hijo lo necesitaba más que nunca. Sabía que esta vez no vería la calle en mucho tiempo, por eso me negué a conducir mi camioneta y me fui en un automóvil de ellos. Esa mañana en la Casa de Observación había hablado con Lucila Velásquez, ella me dijo que se iba a enconchar por un tiempo. Era lógico. En cambio yo esperé tranquilamente que me fueran a buscar, aún hoy no me explico por qué no me fui a una embajada. Nunca había discutido ese punto con Alberto. En el fondo no quería que creyeran que había sentido miedo y así, tontamente y habiendo tenido tiempo suficiente para escapar, caí en manos de la Seguridad Nacional.

Cuando llegué al edificio de la Seguridad Nacional, me hicieron pasar y detenerme ante el escritorio de un señor ya mayor. Éste me preguntó: ¿cómo se llama? En voz alta y clara le di mi nombre. Había visto al entrar que, pegados a la pared, a la cual daba yo la espalda, se encontraban alrededor de veinte hombres. Quería saber quiénes eran, y así, después de dar mi nombre, giré lentamente y me puse frente a ellos y los fui mirando uno a uno: eran todos compañeros para mí bien conocidos, entre ellos estaba el Dr. Soto Socorro. Comprendí que no podían decir una sola palabra; uno de ellos, un compañero de Ciudad Bolívar que trabajaba conmigo para Alberto, movió varias veces la cabeza de un lado a otro. Lo entendí, me quería decir que él no me había delatado. Vi que en el grupo no estaba Boza y supe que lo habían torturado y por consiguiente no podían exhibirlo. 

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