El realismo mágico en la vida del venezolano

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Foto: @juanflores18.

Por Lorenzo Rodríguez

“Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación, hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta donde estaban los límites de la realidad. Era un intrincado frangollo de verdades y espejismos…”.

Esas líneas que encabezan este análisis debo destacar con envidia y admiración no son de otro que de Gabriel García Márquez. Sin embargo, es curioso pues, aunque Gabo es el mayor exponente del realismo mágico latinoamericano, su cuna es nuestro país. El realismo mágico es esa corriente literaria que trata de mostrar lo extraño e irreal como algo cotidiano y natural. Sé lo que piensas, cualquier día en la vida del venezolano suena así. Ocurre tanto de forma paralela que sencillamente no sorprende que parezcamos sufrir de esquizofrenia colectiva, con el debido respeto a los esquizofrénicos.

Le pondré un ejemplo: Determinado funcionario policial con unos increíblemente llamativos ojos se convirtió en el Capitán Venezuela, faltándole solo una arepa fría para usar como escudo y eso se convirtió en la comidilla de las redes durante días. Claro, resulta normal que en un país democrático bajo el imperio de la ley los policías se detengan a lanzar explosivos en los techos de sedes del poder judicial.

Por otro lado, hay interesantes casos de perinola humana como son Antonio Ledezma y Leopoldo López. Presos políticos de un régimen fichado internacional y nacionalmente como autoritario, hoy son piezas que se mueven al antojo del poder. Evidentemente, en todos los países que respetan las libertades resulta común que las sentencias del máximo tribunal sean manejadas como el menú infantil de McDonald’s. Tanto mejor, seguramente fueron estos sacados de forma forzosa de sus casas porque el Sebin tenía la intención de invitarles un café para que pudieran pasear un poco luego de tanto tiempo en casa.

Todo lo anterior, prueba un punto simple: Los venezolanos estamos pasando unas vacaciones en Macondo. Casi aislados de nuestra realidad no por ausencia de información sino por exceso de la misma, la desinformación se ha convertido en el pan de cada día y hoy somos susceptibles de no creer nada, o creerlo todo.

Sin embargo, esto es deliberado. A propósito, y con todita la intención. Basta de señalar a un G2 cubano, es tan sencillo como entender que todo régimen totalitario se sustenta en apropiarse de cada aspecto de una persona. Se producen entonces dos fenómenos políticos como es la vulgarización y la saturación política. En resumen, invade tu vida y para cuando te das cuenta descubres que estás hablando de política mientras tomas birras en un bar y, dicho sea de paso, te graduaste de arquitecto o administrador y en tu vida habías dicho algo como: La libertad es indivisible e inalienable porque es un derecho humano.

Haciendo honor a la verdad, no suena tan mal. Hasta que la matriz de opinión se convierte en un arma de doble filo y cada uno se convierte en multiplicador de un mensaje de desesperanza. La política se vulgariza haciendo de los líderes de cierto sector político opositor impostores de poca monta capaces de transarse al mejor postor mientras que el oficialismo se convierte en una fuerza monolítica de ladrones y narcotraficantes cada uno matando con cuchillo ajeno esperando que no les salpique sangre porque ya detergente no hay.

Por otro lado, ante un escenario tan agradable como el expuesto el venezolano entra en un estado de letargo, de animación suspendida. Sin adentrarse en teorías, la conclusión es la misma a la que podría llegar un hombre que intenta escuchar a su mujer y jugar FIFA a la vez: Es imposible no sobrecargarse. Por ende, para propiciar la ruptura del espíritu en el venezolano, el objetivo no es impedir que fluya la información, sino inundar los canales de transmisión con sucesos cada vez más inauditos, absurdos, irritantes y preocupantes. Curiosamente esto genera un doble efecto, construcción de expectativas abultadas y memoria política de pez. Es decir, nos pintamos pajaritos en el aire con cada acontecimiento que nos parece medianamente increíble y a su vez, dos días luego se nos olvida.

Para concluir, me despido con una pregunta:  Luego de 3 meses de protesta continuada, ¿Cuál fue el último día en el que no pasó nada ni se construyó de forma repentina una matriz de opinión? 

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