Testimonio de tener una mamá chavista

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Por Jesús Eduardo Verastegui

Todo padre chavista u opositor está convencido que sus “ideales” sirven, sobre todo, para proteger la vida de sus hijos. Lo que el tiempo escribe en la historia de una familia, siempre va a estar marcado por una ideología configurada para el beneficio de su propia tradición.

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Todos los que pertenecemos a la generación de los 90, hemos de recordar los domingos de Aló Presidente. Ya para entonces Chávez comenzaba a ser un héroe en el imaginario oficialista del país. Mi mamá lo veía en la tv y lo aplaudía sentada en la cama, mientras, mi abuela, opositora, refunfuñaba por la contradicción que tenía como hija.

Desde que la conozco, sus ideales han estado del lado izquierdo de su vida. Asumirse chavista es cargar consigo la idea de que ser pobre es mucho más digno que no serlo. Su ideología se basa en ayudar siempre al otro; es como si mirar de cerca al que no es igual a ella, significa poder encontrar en sí misma las posibles soluciones de los problemas que a ella le han fabricado.

He entendido que ser chavista es una postura firme en la desobediencia. Y que allí, aunque su verdad muchas veces sea insostenible, nada los puede mover. Estoy seguro que en este país, y así como otros tantos en Latinoamérica, las sociedades están condenadas a repetirse. Ya García Márquez nos escribió hace cincuenta años en su realismo mágico y cincuenta años después, repetir lo que más detestamos del otro, sería una condena ganada. Supongo que ahora mi mamá habrá de sentir vergüenza porque el hijo que parió su revolución, cuestionó para siempre las ideas que hasta no hace mucho compartíamos los dos en la misma mesa.

Mi abuela es la antítesis de su hija.

Dice mi mamá que desde que tiene uso de razón, la conoce opositora o escuálida sin razón. Y parece una paradoja que su realidad, la de mi madre, haya sido distinta a la de mi abuela, aun cuando ambas vivían en la misma casa.

No es fácil ser hijo de padres chavistas actualmente. Al menos mi mamá y mi abuela han podido vivir cada una en la verdad de desmentir a la otra. Antes era más fácil cargar con esa pequeña tristeza de no saberse reconocido por el otro, ahora no. En mi generación, la tristeza se nos agudizó porque hemos tenido que aceptar un día específico en la semana para comprar comida, porque tantos paros en la universidad nos han dormido los sueños, porque nos han matado tantas veces para quitarnos los teléfonos y tantas veces volvemos a acertar en la barbarie. Un hijo de padres chavistas tiene que ahora callarse cuando el opositor extremista desea quemar a los de la gorra 4F. En el medio de todo esto no estamos mi mamá y yo, y mucho menos mi abuela. Con tanta pasión de lado y lado uno terminando olvidando hasta su propio ser.

Ser chavista es un sustantivo que parece imposible desaparecer. Una vez mi mamá me dijo que si su revolución se llegase a acabar, ella no sabría a dónde ir. Así que entendí que lo que ella hizo fue construir un país dentro de ella. Uno va creciendo y la necesidad de mudarte de la patria materna te punza irremediablemente. Uno tiene que construir su propia patria, que aunque formada por las anteriores, siempre tiene que ser distinta, porque cuando mi mamá y mi abuela tenían veintitrés años, a ninguna se les hubiese ocurrido tener que hacer una larga y hostil fila para comprar el pan.

Me has dejado solo en la etapa más importante de mi vida, le digo a mi mamá. No es fácil llegar a los veintitrés años y darte cuenta que toda tu vida es como estar atrapado en una cola para comprar arroz. En una cola, a veces, estamos silenciados, otras, entramos en la vida ajena. Estando allí parados todos llegamos a pensar en el daño que causa vivir en una sociedad que se condena a repetirse y que a veces parece imposible hacer algo contra eso. Además uno piensa en que un presidente es también la consecuencia de unos padres que como pudieron lo formaron en la ignorancia de su sabiduría.

Me tocó en esta etapa, ser el hijo opositor de un madre que me enseñó en principio a valorar la pobreza de otros primero que la mía. Soy ahora el nieto favorito de la abuela que nunca terminó de reconocer a su hija. A mí me ha tocado entender el país desde mi familia, porque al final la patria también es eso, la familia. No es que ella sea la culpable de todo, pero con ella vamos todos juntos a hacer la cola para comprar el pan y regresamos a comérnoslo juntos. En la cola uno tiene setenta personas adelante, en la espera, y ochenta personas atrás, en el desconcierto. Todos en silencio, anónimos, pensamos en el país, y en el papá de uno que lee a Marx, y en el primo opositor que quemó tantas veces caucho y ahora no está, se fue y nos dejó a todos, solos, en un país calcinado por su desastre. A veces me como las caraoticas del clap extrañando a mi mamá y me pregunto si en este desastre podría algún día darle un nieto, y decirles a ellos que hubo una etapa en mi vida en la que ninguno de los dos estuvo de acuerdo, aun cuando muchas veces ambos hicimos la misma cola y tuvimos que devolvernos sin nada, porque, “¡Hasta aquí! ¡Se terminaron los panes!”

Tener una mamá chavista es sentirse solo dos veces. Porque así como a ella, a mi abuela opositora le tocó depositar otra soledad que tampoco ella entendía y menos le correspondía. Así sucesivamente hemos sido y así sucesivamente se arman las colas en el país.

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