El Tiempo de Elda

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Fotografía: Caracas Shots.

Por Arantxa López

Cerca de una de las entradas de la Universidad Central de Venezuela, vía al Hospital Clínico Universitario, se encuentra estacionado un bolso rosado con estampado de flores, de esos que tienen ruedas y un asa de metal. Encima tiene una caja de plástico llena de collares, pulseras, anillos y zarcillos. Al lado del bolso hay una pequeña silla plegable y sobre ella se encuentra sentada una mujer. Su cabeza está inclinada, su mirada está fija en la página que lee. Una gorra cubre su rostro, una cabellera grisácea cae sobre sus hombros. Debajo del libro, sobre las piernas de la mujer, hay un koala con dos yesqueros y dos cajas de cigarros en su interior. Alrededor de la mujer hay cuatro perros durmiendo y una ciudad que se mueve a un ritmo acelerado.

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Elda. Nombre de tradición germánica, significa “la que batalla”.
Elda. Versión italiana de Hilda, nombre de origen teutón con el que se designa a una de las valquirias.
Elda. Título de la primera ópera del compositor italiano Alfredo Catalani (1854-1893).

Son las seis de la mañana y ya estoy despierta sin necesidad de despertador –es uno de los regalos que me han dejado la costumbre y la rutina–. Me veo al espejo y frente a él hay una mujer de cabello gris, cejas pobladas y una piel tostada que está delineada por pequeñas comisuras que podrían llamarse arrugas. Es difícil saber qué edad tengo porque mis años se confunden entre la calidez de mi sonrisa y esa extraña dulzura que se percibe en mi mirada.

Siempre termino mi desayuno con una taza de café para mantenerme despierta durante todo el día –la avena caliente no me ha dado buenos resultados y el té me quita energía–, me despido de mi hermano, mi sobrina y su hijo y a las siete y media comienzo mi andar. Nunca estoy sola, siempre me acompañan Blanca, Leonardo, Grande y Laica, mis perros.

Recorremos toda la avenida Victoria hasta llegar a nuestra primera parada: el kiosco donde compro dos cajas de cigarrillos, una de cónsul y otra de belmont. Antes de seguir me entretengo unos minutos viendo las portadas de las revistas y las primeras páginas de los periódicos.

Camino por el paseo Los Ilustres, le doy una vuelta a la plaza Las Tres Gracias y luego entro a la UCV, mi nuevo lugar trabajo. Bueno, no es tan nuevo pero no siempre trabajé ahí.

Dediqué muchos años de mi vida a cuidar a una señora en su casa. Le daba comida, la bañaba, la vestía y la dormía. Un día su hijo creyó que lo mejor era llevarla a un geriátrico y yo me quedé sin trabajo. Nunca estudié, nunca trabajé en una institución que me permitiera jubilarme y “disfrutar” de la Ley del Bono de Alimentación y Medicamentos a Jubilados y Pensionados. Simplemente vivía (vivo) del día a día.

El año pasado una amiga artesana me dijo que quería ayudarme y me ofreció parte de su mercancía para que empezara a venderla, acepté. En agosto de 2016 decidí que un buen lugar para trabajar era la entrada de Ciudad Universitaria. Me sentaba en un murito dentro de la universidad, al frente de la Biblioteca Central, pero me dijeron que no debía vender nada adentro si no tenía un kiosco así que me mudé para la entrada de Ciencias, antes de cruzar el arco.

Vendo menos pero estoy más tranquila porque es un buen lugar para leer con calma.

***

“Me llamo Elda”, dice con cierta inocencia la mujer al ver a la joven que acariciaba a sus perros. La muchacha sonríe y le dice su nombre mientras se deja lamer el cachete por uno de ellos. Elda parece ser una de esas personas que no espera a nadie pero que se emociona cuando llega la persona indicada con la que podrá hablar de su vida. A ella le gusta leer pero no le molesta interrumpir su lectura con una charla:

─¿Tienes perros?

─Sí. Tenía… Mi perro murió hace unos meses.

─Entonces vive tu duelo, eso es bueno. Luego, cuando pase el tiempo, podrás tener otros perros que te acompañen como me pasó a mí. Hace años tuve una perra que se llamaba Laica, duró 12 años conmigo y la lloré porque era mi familia pero luego me encontré a Leonardo en Los Próceres y decidí adoptarlo. Él es un Terrier aunque no lo parezca y creo que lo habían abandonado. Eso fue en el 2006 y míralo, sigue fuerte.

─¿Nunca se han enfermado?

─No, gracias a Dios. Yo creo mucho en Dios y eso me ha ayudado a encontrarlos y cuidarlos. Esa de allá es Laica, la tengo desde hace dos años. Estaba en un refugio y cuando la vi me recordó a mi primera perrita, tuve que ponerle ese nombre en honor a ella.

─¿Por qué solo ellos dos tienen correa?

─Esos son Blanca y Grande. A Blanca la conseguí en la lavandería del Clínico, a veces iba a lavar mi ropa allá y vi que la golpeaban mucho así que preferí traerla conmigo. La correa es porque no está acostumbrada a andar sola en la calle y así guía a Grande, el más viejito de todos. No ve de un ojo y para que no se lastime prefiero tenerlos a los dos amarrados.

A Elda le gustan tanto los perros que se unió a un Grupo de Protección Animal dentro de la universidad. Todos los días, cuando recorre la UCV, le echa agua a los potes plásticos que se encuentra. No tiene para comprar alimento canino pero hace un esfuerzo consiguiendo sobras de carne y pollo en las carnicerías, y cada quince días trata de bañar a los perros de los vigilantes y a los de ella pero se ensucian muy rápido porque los cinco se dedican a caminar por horas.

─Son muy cariñosos sus perros, señora Elda.

─Ellos son fieles y cariñosos con las personas que les gustan y con quienes vienen a hablarme seguido ─mientras dice eso el rostro de Elda se ilumina como el de una niña, sonríe con los ojos y casi no se notan sus arrugas.

***

Elda trabaja los siete días de la semana. Llega temprano a la universidad y se sienta a vender cigarros y collares, de vez en cuando vende paquetes de galletas. A mediodía agarra sus cosas y empieza a recorrer las panaderías a ver si consigue suficiente pan para ella y su familia, puede recorrer hasta cinco panaderías en un día. Hace la cola, compra y guarda el pan en su bolso. A las dos de la tarde vuelve a su puesto de trabajo hasta las siete de la noche que se va a su casa a comer. No hay descanso aunque no se molesta porque puede leer.

Deepak Chopra, considerado como “el gurú de la medicina alternativa”, se convirtió en uno de sus autores favoritos después que leyó Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo. Eso influye positivamente en ella.

Hace poco comenzó a leer por segunda vez El poder de la mente subconsciente, del Dr. Joseph Murphy. “Habla de que nuestra mente se divide en dos: el consciente y el subconsciente. Ambos son importantes pero para potenciarlos hay que pensar en positivo para que tu día cambie. Debes repetirte eso: pensar en positivo. Ahí es donde está nuestro poder”, explica Elda mientras busca una página específica de un libro que estaba unido con una liga porque sus hojas se despegaron del lomo. Elda consigue lo que buscaba: “¡Ajá! Oye: «dentro de su mente subconsciente encontrará la solución a cada problema y la causa a cada efecto. Debido a que puede desatar los poderes ocultos, usted entra en posesión real del poder y la sabiduría necesaria para moverse en la abundancia, la seguridad, la alegría y el dominio».

Elda se concentra tanto en su lectura que pareciera que se molestara cuando alguna persona se acerca a comprarle algo. Su rostro adopta cierto gesto de desagrado cuando le piden un cigarro, como si los juzgara por ello. También se molesta cuando le preguntan si vende café:

─El termo sale como en 35mil. Es mucho dinero y no lo tengo. Es una inversión para mantener el café caliente aparte de que hay que comprar vasos plásticos, azúcar y el paquete de café. Tendría que ser más cuidadosa pero no puedo cargar tantas cosas en el camino. Yo no me molestaría si alguien viniera a vender café a mi lado, podría hablar con esa persona… ¿no te gustaría hacerme compañía? –dice Elda con una sonrisa ladeada.

***

El movimiento acelerado de las personas que entran y salen de la universidad no permite que se puedan distinguir sus rostros. El ruido de los carros y las motos diluye el ladrido de los perros que se emocionan al ver a un muchacho en patineta pasar muy cerca de sus patas. El tiempo pasa muy rápido para ellos, para la ciudad, pero no para Elda.

Está sentada sobre una silla plegable, rodeada de cuatro perros que duermen cerca. Ella cuida un bolso rosado con estampado de flores, de esos que las personas llevan a los supermercados para guardar las bolsas de comida. En el interior del bolso hay pan, envases de agua, un paragua, recipientes de comida, bolsas plásticas, libros y tiempo, un tiempo que corre lentamente.

Con su mano izquierda arrastra el bolso de ruedas, con la mano derecha sostiene la cuerda de Blanca y Grande, con esa misma mano carga su silla. La siguen Leonardo y Laica. Una gorra la cubre del sol y muchas bolsas van apoyadas sobre sus hombros. Va en dirección a la avenida Victoria, camina sin ánimo como si ese fuese el camino de todos los días. Como si para Elda siempre fuese el mismo día.


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