Fragmento | La nostalgia esférica, texto de Federico Vegas

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La nostalgia es parte de todos los venezolanos, afirma Federico Vegas. Es ya parte de nuestra voz cotidiana: las ganas de irnos, las de volver, las de no ser, las de estar, las de pertenecer y desaparecer a la vez.

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Es esta nostalgia la que describe en el prólogo de su libro La Nostalgia Esférica del que te mostramos un fragmento:


A los venezolanos la nostalgia se nos ha tornado esférica: sentimos tanto el dolor de querer marcharnos como el de querer volver y el de haber vuelto. Hablo de una nostalgia esférica y no circular porque, además de ocurrir en la dimensión relativamente plana del ir y venir, opera también en el tiempo. A veces, sin movernos de un mismo punto, recluidos en nuestra casa y hasta varados en nuestro propio lecho, sentimos una nostalgia tan insoportable como la de un marinero de Colón, harto del incierto primer viaje. Para sufrir por algo que se ha tenido o vivido y que ahora no se tiene ni se vive, no hace falta recorrer ni un metro de terreno. Esas nostalgia que dependen del transcurrir del tiempo no tienen remedio, pues se proyectan en una sustancia a través de la cual no podemos avanzar ni retornar.

Pessoa nos asoma a una variante: “No hay nostalgia más dolorosa que aquella de las cosas que no han sido nunca”. El humorista Willy Rogers lo dice de una manera más cruel: “Las cosas no son lo que solían ser, y probablemente nunca lo fueron”. Esta vertiente es la que más me concierne como escritor, pues alimentarse de lo que nunca fue, y extrañarlo como si hubiera existido, es un buen punto de partida para la ficción, tan explotada en el intento de hace posible lo imposible.

Para Ortega y Gasset, de ese mismo manantial brotan las aguas de la filosofía, porque todo lo que existe y percibimos es esencialmente un “mero trozo, pedazo, muñón”, de algo mucho más amplio, y, apenas comenzamos a intuir esa posible y necesaria totalidad, nos asomamos a “la herida de su mutilación ontológica”, y cada fragmento “nos grita su dolor de amputado, su nostalgia del trozo que le falta para ser completo, su divino descontento”. Ortega encuentra en este “echar de menos lo que no somos”, y yo añadiría “lo que no logramos ser”, un punto de partida para la filosofía que busca el todo en la parte, pero también puede convertirse en una paralizante e inconducente nostalgia. La sola idea de estar añorando lo que nunca fuimos nos obliga a una revisión que puede ser devastadora.

Existe una dimensión aún más mortificante: la nostalgia de futuro. Lo que la añoranza tiene de ignorancia se exacerba cuando la proyectamos hacia un porvenir siempre desconocido. Aquí quiero referirme al caso opuesto, a la masoquista contradicción de un futuro que cada vez nos luce más necesario y, a la vez, más confuso e imposible.

Por esos derroteros anda el verdadero ir y venir de nuestra nostalgia, dando bandazos entre el pasado que nunca fue y el futuro que jamás será. Aceptar esta condición ya sería un gran paso, porque, al igual que el sostener un peso nos hace más conscientes de nuestro movimientos, el dolor de la nostalgia puede revelarnos ciertos mitos, vacíos y eslabones perdidos en la comprensión de nuestro espacio, de nuestro tiempo. Y entonces estimularnos a entender, sin tanta melancolía, qué podemos ser.


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