Fragmentos: “Al político lo que lo moviliza es el poder”, Mario Vargas Llosa

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Durante los años 80 el escritor peruano Marío Vargas Llosa se incursionaría en la aventura de la política nacional hasta el punto de llegar a ser candidato presidencial del Perú en las elecciones de 1990. No ganó aquellas elecciones, pero vivió en carne propia lo que él llamaría “la verdadera política” que se hacía en Perú.

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Todos estas experiencias las narraría luego en su libro Pez en el agua, publicado en 1993. Aunque Vargas Llosa habla en él sobre todo de Perú, en el texto se pueden hacer comparaciones a cómo se hace política en el resto de los países latinoamericanos.

A continuación reproducimos un fragmento de la narración que Vargas Llosa hace en el texto: 


Ya metido en la candela, en esas reuniones tripartitas hice un descubrimiento deprimente. La política real, no aquella que se lee y escribe, se piensa y se imagina -la única que yo conocía-, sino la que se vive y practica día a día, tiene poco que ver con las ideas, los valores y la imaginación, con las visiones teleológicas -la sociedad ideal que quisiéramos construir- y, para decirlo con crudeza, con la generosidad, la solidaridad y el idealismo. Está hecha casi exclusivamente de maniobras, intrigas, conspiraciones, pactos, paranoias, traiciones, mucho cálculo, no poco cinismo y toda clase de malabares. Porque al político profesional, sea de centro, de izquierda o derecha, lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, quedarse en él o volver a ocuparlo cuanto antes. Hay excepciones, desde luego, pero son eso: excepciones. Muchos políticos empiezan animados por sentimientos altruistas -cambiar la sociedad, conseguir la justicia, impulsar el desarrollo, moralizar la vida pública., pero, en esa práctica menuda y pedestre que es la política diaria, esos hermosos objetivos van dejando de serlo, se vuelven meros tópicos de discursos y declaraciones -de esa persona pública que adquieren y que termina por volverlos casi indiferenciables- y, al final, lo que prevalece en ellos es el apetito crudo y a veces inconmesurable de poder. Quien no es capaz de sentir esa atracción obsesiva, casi física, por el poder, difícilmente llega a ser un político exitoso.


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