Fragmentos: “El país se atascó”, Cabrujas en 1987

En 1987 José Ignacio Cabrujas fue entrevistado por el equipo de Estado y Reforma dando como resultado una de las mejores lecturas de la sociedad venezolana de la época

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“¿Realmente el venezolano se ha dado cuenta de la necesidad de reformar el Estado o ha sido una reforma impuesta?”, preguntaron los entrevistadores de Estado y Reforma, Luis García Mora y Ramón Hernández, durante una entrevista que pasaría a ser una de las más famosas que le realizarían en su vida a José Ignacio Cabrujas, El estado del disimulo.

Las palabras que dijo entonces el dramaturgo, en 1987, siguen siendo pertinentes para entender por qué estamos aquí y hacia dónde vamos como país, razón por la cual las transcribimos 30 años después.

Aquí la respuesta de Cabrujas:

“El país se atascó. Eso es un hecho. El país está saturado de vicios que provienen del Estado. Probablemente lo que sucede es que resulta muy difícil en Venezuela percibir la noción del Estado. En Venezuela hay Gobierno… y de vaina. El Gobierno es el primer agresor del Estado. Cada cinco años, el Gobierno se enfurece contra el Estado, descabeza funcionarios, liquida planes, desvía presupuestos, liquida proyectos, quema documentos, cambia los membretes; es decir, destroza una mínima continuidad administrativa. El Presidente irrumpe en Miraflores prometiendo un país nuevo, como las promociones de detergentes. Pero en el fondo, los detergentes no son nuevos. Los detergentes son más o menos lo mismo y sus posibilidades de cambio pertenecen al mundo de los detalles. El Gobierno se publicida a sí mismo como “nuevo”, “audaz”, “definitivo”, “otra cosa”, “de aquí en adelante”, pero las relaciones de poder, las relaciones institucionales con la CTV, con Fedecámaras, con los bancos, con el Ejército, con el clero, con los maestros, etcétera, son más o menos la misma cosa. Entonces, ¿por qué, en lugar de proclamar novedad, no proclamamos efectividad? La noción de reforma del Estado, que en el fondo no es más que una más sana y efectiva distribución del poder, atenta contra ese principio jabonero de nuestros gobiernos.

(…)

“Volvemos a la comedia del Estado. Hay que engañar al Gordo. La expresión circunstancial del Estado, que es el Gobierno, es la de un cretino al que debes engañar si quieres sobrevivir. Vas a pedirle algo y jamás podrás decir la verdad. Estás obligado a la mentira. Tienes que convertirte en un experto en el uso de palabras clave. Tienes que otear en el horizonte y percibir que hoy el Gobierno está interesado, qué sé yo, en las instituciones pedagógicas populares. Entonces tú quieres escribir un ensayo, qué sé yo, sobre Teresa de la Parra, y deseas que el Gobierno te patrocine esa investigación. Tienes que mentir. Tienes que decir que el ensayo sobre Teresa de la Parra se compadece perfectamente con la política de desarrollo de las instituciones pedagógicas de la cultura popular. Aquello no pega ni con cola. Tu ensayo es elitesco, no va más allá de treinta interesados, pero tú mientes y estafas al Gordo. Los documentos públicos, las cartas de peticiones, son en Venezuela una gran picaresca que ríete del Lazarillo de Tormes.

“Pero esta comedia no es potestad del Gobierno. Es también un modo de ser de la oposición. La oposición en nuestro país es ridículamente pavloviana. Oposición en Venezuela es decir lo contrario de lo que dice el gobierno. Esto es blanco, dice Lusinchi. Esto es mentira, dice Fernández. Nada hay en este mundo más previsible que un discurso de la oposición. Un discurso de la oposición es un “casette” previamente grabado. Se trata de una oposición “programada” como una Apple II. Lusinchi comete el dislate de decir que con su Gobierno se va a vivir mejor, porque me da la gana, y la oposición lo espera en la bajadita, en la bajadita inevitable. Los candidatos le presentan al país un “plan de gobierno”, por allí, cuando la campaña está concluyendo, y todos sabemos que eso no es más que un “saludo a la bandera”.

“En mi actividad, que se refiere al teatro, los planes de gobierno consisten casi siempre en decir que se va a estimular la cultura, que se va a hacer más popular la cultura y, desde luego, que se va a afirmar la identidad cultural del venezolano. ¿Cómo? Ah, no sé. La oposición aguarda en la bajadita. Pasan tres años y, naturalmente, ni se desarrolló la cultura, ni se popularizó la cultura, ni se encontró por ninguna parte la identidad nacional. Entonces, la oposición sale de su escondite y grita: “¡Fracaso!”, “¡Fracaso!” ¡Por Dios! ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuando le permitimos al Presidente de la República que sea triturado por ese implacable mecanismo? ¿Hasta cuando le vamos a permitir a la oposición ese ritual canónico, inexorable, que le impide hacer verdadera política?”.

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