La Clapjita feliz

7
956

Por Jesús Eduardo Verastegui

La caja del CLAP es también una manera de resignarnos la felicidad. Es irnos matando el placer de inventar en la cocina. Es la ayuda confusa para un país que lleva rato reinventándose en su propio chiste.

El ministro de alimentación (Rodolfo Marco Torres) subió hace cuatro días a su cuenta de twitter, unas fotos que me dejó pensando por un largo momento. Luego traduje el pensamiento en otro de los tantos desconciertos que atribuyen a este país, pues las fotos vacilan a cualquiera entre la tristeza y la alegría, entre los rostros de hambre y la mirada radiante de alguien a quien le llega una caja del CLAP.

Debo confesar que me miré con vergüenza en el ejercicio reflexivo de involucrarme con la foto. Yo también me he resignado en la alegría de recibir una caja de comida. Y esa es quizás la primera preocupación: La de haber construido, a mis veintitrés años de edad, una absurda felicidad momentánea.

Lea también: Fragmentos: “El país se atascó”, Cabrujas en 1987

Cuando llega el CLAP a mi edificio, he tenido que colaborar muchas veces con trasladar de un lado a otro las cajas o bolsas. Ir contando la alegría guardada y andar con cuidado para que nadie vaya a sabotear ese proceso gozoso; una felicidad con un precio considerado. Es una jornada que obliga a opositores y chavistas a involucrarse, en ese momento a todos se nos olvida lo que somos en nuestro espacio de no querer involucrarnos con el otro. Parece en definitiva la celebración de un gran cumpleaños.

La caja del CLAP es la gran metáfora de un país esperanzado. Uno en este país puede pasar un mes esperando para por fin comerse un plato de pasta. También uno pasa el mismo mes en la antesala de la angustia por querer saber si en la próxima caja vendrán las latas de atunes desmenuzados que ningún venezolano todavía se acostumbra a comer. Es insólito aquel estado de felicidad, es momentáneo el logro, aunque en definitiva, el único resultado eficiente, es que tendremos al menos quince días con algo para comer.

Foto: @RMarcoTorres

Lea también: Repensar a Bolívar para salvar al país

En la foto se le ve al ministro feliz, se le ve gordo y feliz. Me pregunto si su felicidad es igual a la de la gente a quien incluye en sus fotos. Paradójicamente el ministro se siente feliz en un lugar que lleva como nombre Ciudad Belén, donde ha podido surtir tres mil setecientas diez cajitas con productos de alimentación (3.710), según dice.  Toda esa gente debe albergar en su memoria el recuerdo moribundo de alguien quien les ha regalado comida y de un alguien que olvidarán entre poco. Lo digo porque yo no sabía quién era el ministro de alimentación hasta entonces. En este país a los ministros los cambian de sus sitios tantas veces que están condenados a que uno los olvide.

Ya no hay un gesto que diferencie la tristeza de la alegría. No hay extremo que separe estas dos emociones, porque para quien se va del país también está sintiendo estas dos emociones al mismo tiempo, entonces, el gesto es difuso. Tenemos rato contándonos el mismo chiste y respirando el mismo lamento. Y esta es la parte más vergonzosa. He de sentir vergüenza por mi incapacidad de no hacer más de lo que puedo. De comerme las caraotas que nos mandan de México, de ser un desconsolado colaborador en los días donde la espera nos estalla y sonreímos por el hambre y también por lo absurdo. Cuando uno a esta edad siente vergüenza es porque la felicidad construida no es precisamente la que anhelamos, la de querer viajar, la de conocer y comer las caraotas de México pero en México. De estudiar lo que se nos venga en gana, de fabricarnos amores y todo aquello que nos ilusione la juventud. A esta edad la vergüenza es porque nos pusieron en nuestros platos lo que debemos comer y nos quitaron de los anaqueles la variada lista de cereales que nos conmemora la infancia.

Uno se queda pensando de a ratos y a veces el hambre es tan voraz que se le va a uno las ganas de buscar el culpable. A ellos, los ministros y grandes dirigentes del gobierno. Capaz ellos también estarán arrechos porque se les escapó de las manos las posibles soluciones y se han quedado a solas con sus vergüenzas.

En una de esas fotos que me obligó a preguntarme por la resignación, el ministro abrazaba a una niña, y ésta a su vez cargaba a su perrito, estos dos sonreían. La niña se habrá sentido importante por haberse tomado una foto con un hombre repleto de felicidad, pero el perro no, la mascota distrae la foto. El perro representa la apatía de todos los que hemos sido burlados por la labia pintada de rojo. Atrás, más niños, o la infancia venezolana que no conoció los juguetes de la otra cajita feliz, ni mucho menos los paseos largos por los pasillos de los supermercados donde existía un universo de galletas. En fin, me miré con vergüenza, como el perro de la foto, con su hocico apartado, triste y apático, un poco resignado, en manos de una niña que sonríe en las fotos pero luego llora por lo que no se ha podido comer. Y el gordo al lado, el señor ministro con cara de hasta cuándo, con la actitud y la risita de un hombre que come lo que se le antoja pero con la expresión desierta del humano que será comido por el mismísimo remordimiento.

Lea también: Ideario Criollo: Serios, pero no tan serios

 

7 COMENTARIOS

DEJA UN COMENTARIO

Please enter your comment!
Please enter your name here