La (in)justicia anda en camionetica

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Foto: Camionetica.com

Por Rómulo Colorado

“¡No creo en nadie, son trescientos bolos por persona, mi gente! ¡No creo ni en estudiantes, ni en tercera edad, ni en embarazadas, ni en discapacitados, ni en nadie, trescientos bolos por persona! ¡Ya lo dije!”, gritaba el colector a eso de las 8 de la noche. El hecho ocurrió días antes de que se legalizara el aumento del pasaje de 150 a 280.

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En Chacaíto, las personas comenzaron a apiñarse en ambas entradas del vehículo. La tensión se palpaba en el aire. Ya cuando todo el mundo estaba dentro de la camionetica, el colector empezó a cobrar. Escuché que alguien se quejaba de vez en cuando del precio del pasaje, a lo que el colector respondía que mucho más caro era un taxi. La situación escaló cuando el colector le cobró el pasaje a un sujeto que estaba justo al frente de mí.

“Estos son doscientos, mi pana, ¿y los otros cien cómo hacemos?”, preguntó.

El sujeto respondió con un seco “no los tengo” y el colector dijo que ya había dicho a todos los pasajeros que debían pagar trescientos bolos y que “si no, se bajaban de la unidad”. La respuesta del otro pasó de la sequedad a la agresividad y le gritó un “no los voy a pagar porque soy malo, pues, ¡y no me voy a bajar!”. Después se acabaron las palabras y comenzaron los coñazos.

Varias personas empezaron a intentar separar a los dos hombres, quienes terminaron la parranda ya en la calle. En la camionetica solo se volvió a montar el colector, diciendo: “Así mismo como me ven soy. Si hay que caernos a coñazos, nos caemos a coñazos; si me pagan, yo no tengo problema. Son solo trescientos bolos, ya es bien tarde y cualquier taxi les cobraría diez mil bolos para subirlos para allá arriba ¿sí o no?”.

No había salido lastimado más allá de algún dolor y los pasajeros que habían costeado su pasaje siguieron hacia su destino.

Por una parte, tenemos a las personas que trabajan día a día en las camionetas de Caracas, los camioneteros tienen ya su fama ganada dentro de la sociedad caraqueña, pero ellos también sufren las consecuencias que todos sufrimos. ¿Debemos molestarnos violentamente con ellos porque suban los precios? Ellos también tienen que comer, pagar los repuestos, entre otras muchas otras cosas.

Por otra parte, tenemos el caso de quien no puede o no tiene a la mano para pagar más de 200 bolos. ¿A quién no le ha ocurrido que no tiene completo el pasaje? ¿Acaso el colector no le podía perdonar cien bolos?

¿Acaso no hay instituciones que hagan valer los derechos tanto del trabajador del transporte público como del usuario? ¿Tenemos que recurrir siempre a instituciones para solventar todo tipo de problemas? ¿Dónde queda el sentido común? Quizás ese es nuestro mayor problema, no conocemos todos nuestros derechos ni tampoco conocemos todos nuestros deberes, para poder convivir nos valemos de una especie de acuerdo oral en el que yo te respeto si tú me respetas. Un acuerdo oral que muchas veces se rompe si el otro es “demasiado guevón” como para que se le respete.

¿Cómo deshacernos de esa mentalidad? Es esencial que uno, el individuo, el venezolano de a pie, debe de alejarse de esa mentalidad del “vivo”, del más “bravo”, del “chivo que más mea” para resolver problemas y aceptar que muchas veces no tenemos la razón, que muchas veces irrespetamos los derechos del otro y que no somos portadores de la espada de la justicia.

Digo el individuo porque las instituciones no nos hacen valer nuestros derechos, ni tampoco nos enseñan nuestros deberes puesto que la justicia en estos momentos solo es tal si tiene algún tipo de fin político, si no, se la deshecha. Debemos aprender, como ciudadanos, que no todos los conflictos tienen resoluciones violentas y no por dar un paso a un lado eres menos valiente, menos si se tratan de solo cien bolívares, ¿o tenemos que seguir aceptando de que maten a la gente porque miró feo a alguien?


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