“La vida no es justa, pero es buena”, comenta a sus 93 años

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Foto: Referencial.

Por Juan Briceño

Cuando Jesús Alberto nació Juan Vicente Gómez estaba en el poder. La vida era otra entonces: no había teléfonos, ni cines, ni televisores, tampoco autopistas ni vías suficientes para conectar todo las ciudades. El país era un gran terruño dirigido por el dictador desde Maracay. Era el cuarto de lo que serían 11 hermanos.

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“Mi nombre es Jesús Alberto Briceño Martínez. Nací, por obligación, en Barquisimeto, por obra de mi mamá y mi papá que me parieron. Nací el 20 de enero de 1924. Mi padre nació en Trujillo, y cuando estaba joven se enroló en las tropas de Cipriano Castro, que venía a invadir el centro, y conoció a Juan Vicente Gómez”, comenta.

A sus 93 años sigue siendo un hombre alto, aunque camina encorvado. Su piel es blanca, igual que su cabello. Tiene un caminar pausado con el que anda y desanda los pasillos de la clínica Sanatrix, la cual ayudó a fundar y donde luego trabajó por muchos años. En sus pasillos se encuentra con mucha gente que lo saludan con amabilidad, y hasta los empleados del cafetín lo tratan con joda y cariño. Aunque, asegura, también hay mucha gente que no lo quiere.

A diferencia de los libros de historia, Jesús Alberto recuerda aquella dictadura con cariño: “Gómez no sabía leer ni escribir. Una vez lo encontró un coronel y Gómez tenía el periódico al revés. ‘General, tiene el periódico al revés’, le dijo el coronel. Y le respondió Gómez: ‘¡Yo soy el presidente y leo el periódico como me de la gana!’. El tirano Gómez. Pero el tirano Gómez se ocupó del país”, cuenta el doctor y se extiende en los relatos de todo lo que hizo el dictador.

Es un hombre disciplinado, chapado a la antigua, aunque no puede evitar uno que otro chiste en sus conversaciones. Después de graduarse de médico, a sus 29 años, se casó con una muchacha que vivía frente a su residencia, de la que se enamoró después de verla pasar frente a él un día, asegura.

“La vida no es justa, pero es buena”, es el primer consejo en una lista de más de 30 que guarda como aprendizaje de sus 93 años. “Elimina todo lo que no sea útil, hermoso o alegre”, es otro de ellos.

En su infancia cambió mucho de colegios ya que su padre, que pasó a ser cercano a Gómez, viajaba mucho por encomiendas que le hacía el presidente. Practicó violín, pero dejó la música por los deportes, área en la que se destacó. Jugó futbol, voleibol, atletismo, tiro olímpico de precisión y fue seleccionado para varias competencias internacionales.

“Me gustaba mucho el deporte por la disciplina que exigía esa vaina. Esa es una de las cosas que yo admiro, la disciplina. Sin disciplina no sirve pa’ un coño nada. Y eso es lo que pasa aquí en Venezuela, que aquí no hay disciplina”, concluye.

Se retiró del deporte en los años 50, cuando se graduó de médico y empezó a ejercer su profesión en el hospital militar de Maracay donde, atendiendo a unos oficiales extranjeros, fue recomendado para una beca en Estados Unidos para hacer un posgrado en traumatología.

“Estaba yo recién mudado a una casa en la avenida Bolívar y tenía yo dos carajitas, y llegué sin perder tiempo y le dije a mi mujer: ‘Vámonos, mete todo en una maleta que nos vamos pa’l carajo’. Y le dije a mi hermano que vendiera toda esa vaina y me mandara los riales”, cuenta.

Se fue sin saber ni pío de inglés. Allá estudió el idioma y luego su especialidad. Se destacó en su área, una vez más, y le ofrecieron un trabajo en Whashington el cual rechazó para volver a Venezuela.

Siguió trabajando con los militares y en 1967 se dedicó, junto con otros doctores amigos, a fundar la clínica Sanatrix, en ese entonces en una quinta en el sector La Florida de la capital venezolana y que luego se mudaría a Campo Alegre, en el municipio Chacao. Aunque ayudó a fundarla, nunca tuvo para comprar acciones. Sin embargo, en esta clínica ejerció su carrera hasta que quiso.

A sus 93 años, Jesús le tiene miedo a las pataletas de la vejez. Usa lentes para todo y un aparato que guarda en su oreja izquierda lo ayuda a oír. La ancianidad la asumió cuando perdió el apetito sexual.

Lo mejor de su vida, señala, son los conocimientos adquiridos del ser humano. Se pasa los días paseando a paso lento por los lugares que le dieron vida, saludando y hablando con voz pausada pero jodedora. También escuchando música, jazz sobre todo, y leyendo para seguir aprendiendo. No habla de política, pues nunca le gusto y sus reservas morales recuerdan mucho a las de los militares, con quienes tuvo bastante cercanía.

“Uno llega a los 90 y no llega a ninguna parte”, remata Jesús mientras menea un café en el cafetín de la clínica.

“La vida no vino envuelta en un moño, pero sigue siendo un magnífico regalo”, es otro de sus consejos.


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