Un minuto de protesta al ritmo de la electrónica

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Por Grisha Vera

Son las dos de la madrugada y los cuerpos se mueven para atrás y para adelante de manera sutil, mientras los hombros van de un lado al otro. En American’s Droostore, un local en San Antonio de Los Altos, suena música electrónica y no cabe una persona más. Incluso, los mesoneros pasan entre los cliente de lado con los brazos complemente extendidos hacia arriba para llevar los pedidos a las mesas. De repente, de manera espontánea, la muchedumbre rumbera empieza a gritar: “¡Y va a caer! ¡Y va a caer! ¡Este gobierno va a caer!”. Por un minuto el ambiente de disco, sensual y carente de los cinco sentidos, se politizó.

Antes de ese momento la noche era de celebración. Los motivos: graduaciones, cumpleaños o simplemente el hecho de que era viernes. Antes de las 11 de la noche había cola para entrar a Droostore, un local donde un servicio de ron (bs. 80.000) casi iguala al salario mínimo (bs. 97.531). La fila de personas esperando para ingresar se mantuvo toda la madrugada.

Al pasar el cordón de seguridad todos bailaban y las luces eran tenues. Las sillas estaban vacías y las mesas acumulaban pipotes de hielo, botellas de ron y pequeñas botellas de Coca-Cola. También se veían algunas cervezas y otras botellas de vodka con jugo de naranja. Pero indudablemente en el local lo que más se bebió esa noche del 21 de julio, un día después del paro cívico nacional convocado por la oposición venezolana, fue ron con Coca-Cola.

La vestimenta y las edades eran diversas. Las mujeres, algunas seguramente menores de edad y otras que pasaban los 30, vestían desde tacones (tradicionales y de plataforma) con vestidos muy ajustados a la figura hasta jeans y deportivos con crop tops, corsé o franelas que dejaban ver gran parte de sus senos y espaldas. Los hombres iban todos iguales: jeans, zapatos deportivos y franelas o camisas. Nadie usaba suéter: El calor que producían tantos cuerpos juntos era insoportable.

Sin embargo, las dos generaciones, los de 18 y los 30, que rumbeaban en Droostore esa noche compartían el lugar, pero no se mezclaban. En la entrada del centro comercial, luego de pasar el cordón de seguridad de local, había una miniteca. El trap, reggaetón y la música electrónica predominaba. Pero dentro del local había otro sonido y otro DJ que intercalaba música actual con música de hace al menos 10 años: changa, reggaetón, merengue y música electrónica.

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Par de horas antes del grito, que pareciera predecir que el gobierno de Nicolás Maduro terminará, Tony, que estaba de cumpleaños y es cliente habitual de Droostore, le comentó a un grupo de amigos que acababan de llegar: “Por esto –refiriéndose a la cantidad de gente- prefiero venir los sábado. Es más tranquilo. Viene menos gente”.

El 22 de mayo dos residencias y una casa cercana al pueblo de San Antonio fueron allanadas. La Guardia Nacional (GN) y el Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro (Conas) de la GN buscaban a los jóvenes de la “resistencia”. Esto ocurrió en el mismo municipio donde está Droostore, a cinco minutos del local.

El primer objetivo de los funcionarios fue una de las casas, ubicada en la calle Distefano, donde días anteriores le prestaba apoyo a los jóvenes de la “resistencia”. De allí la GN y el Conas se dirigieron a la residencia OPS y los destrozos fueron diversos: carros robados y golpeados, gas lacrimógeno dentro de los apartamentos, cámaras destrozadas, la casilla de la vigilancia chocada, ascensores dañados, amenazas y habitantes en pánico. La represión, y en algunos casos enfrentamientos, duró toda la mañana.

Los ocho días anteriores a los allanamientos tres puntos de la resistencia: Los Nuevos Teques, municipio Guacaipuro; Montaña Alta, municipio Carrizal; y San Antonio, municipio Los Salias paralizaron gran parte de las actividades en Los Altos Mirandinos.

Todo inició el 16 de mayo con la convocatoria de la Mesa de la Unidad Democrática a un trancazo por dos horas. Los jóvenes de la “resistencia” tomaron las calles. Los residentes de la zona igual apoyaban sus medios y los proveían de alimentos y asistencia cuando estos “luchadores” se enfrentaban a los guardias.

Para el día 22 de mayo los jóvenes habían llamado a paro en la zona, se vislumbraba la radicalización de la protesta. Pero nada pasó desde ese amanecer hasta la actualidad. San Antonio de Los Altos está tomado por la GN y el Conas y los funcionarios parecieran tener la orden de apagar cualquier “candelita que se prenda”.

Entretanto, el conflicto político en Venezuela, que casi alcanza los cuatro meses, ha dejado 130 víctimas fatales, según el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, y, para el 12 de julio, la cifra de detenidos escalaba a 3.880 de acuerdo a los registros del Foro Penal venezolano.

Las fiestas en conflictos políticos no nada más son normales, sino sanas y necesarias, según comenta Leoncio Barrios, psicólogo social e investigador del instituto de psicología de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

“Esos muchachos pueden asistir a marchas o haber presenciado la represión en su más cruenta expresión, sin embargo la gente no se detiene ahí. ¿Por qué un día después del paro esta gente estaba de fiesta? Pues necesitan válvulas de escape, espacios de esparcimiento. Unos se van de fiestas, otros ven películas, hacen un sancocho o una espaguetada”, explica.

Para Barrios existen personas que no encuentran el escape porque no lo buscan y son personas peligrosas, comenta, desde el punto de vista comportamental, porque están intoxicadas con la situación. “A mí me preocupa menos que un joven esté bailando en una discoteca a que un hombre viva las 24 horas en torno al conflicto, porque se intoxica y pierde la capacidad de ver las cosas, de reflexionar”, explica.

Por su parte, Carlos Villarino, también psicólogo social, agrega que no es un hecho solo de venezolanos. En todas partes del mundo, comenta, las personas intentan mantenerse conectados con los aspectos lúdicos, incluso en contextos de conflictos bélicos. Pero, advierte sin ninguna duda que el carácter caribeño, donde todo es un juego, una chanza, una burla; adereza el escape. “Esa cosa, aparentemente del mar Caribe, de tomarse poco en serio hasta las cosas más delicadas”.

Villarino concuerda con Barrios en que parte de los jóvenes que frecuentan estos lugares lo hacen a modo de escape. Pero comenta que estos que están de algún modo involucrados en en el proceso de cambio se permiten este tipo de recreación, pero que lo harán a lo sumo cada tres o cuatro meses, pues en Venezuela no solo se debe tomar en cuenta el conflicto político. También hay una crisis económica.

Sin embargo, Villarino explica que la estructura social es compleja y hay diferentes sectores económicos, etario o de patrones culturales. “Eso hace que la manera en la cual la gente enfrenta las situaciones de crisis sean muy variadas dentro de una misma sociedad, a pesar de estar viviendo en términos generales las mismas situaciones de conflicto”, comenta.

En este sentido, para explicar el fenómeno de las rumbas en tiempos de conflicto, Villarino agrega dos explicaciones más, otros dos grupos de personas con distintos intereses. Uno de ellos se mantiene al margen del conflicto político, como un mecanismo de autodefensa, ante el estrés que genera la crisis política y económica.

“En parte también por una falsa creencia de que la política es asunto de otros, que son apolíticos y simplemente con dedicarse a sus actividades cotidianas no van a verse perjudicados por las consecuencias negativas del conflicto. Eso puede explicar porque algunos miembros de la sociedad pareciera que vivieran una realidad paralela a la que está viviendo el resto”, argumenta.

También hay un sector minoritario, advierte Villarino, que se ha enriquecido con las políticas del actual gobierno y que para nada tienen ningún deseo de que este sistema cambie. “Hay gente que tienen el poder adquisitivo para poder salir en un contexto hiperinflacionario a una discoteca un viernes en la noche. Pueden gastarse en un grupo de dos o tres personas cuatro o cinco salarios mínimos. Gastarse lo que a otra persona le constaría cinco meses en producir”.

Pero el hecho, aclara Barrios, de que en una madrugada de baile y disfrute un grupo de personas genere un coro contra el gobierno evidencia que la política ha permeado todos los momentos.

Sin embargo, para Villarino esta acción responde a sentimientos de culpa y “chauvinismo”, que no es más que un tipo particular de emoción superficial patriótica que rara vez se corresponde con un genuino comportamiento cívico.

Pero algunos de los que salieron de fiesta a modo de escape pueden sentir culpa. “Ese sector que está yendo a la discoteca para evadir y que está consciente de la situación que está viviendo, más tarde o más temprano contrasta, incluso en ese momento de celebración. El hecho de que mientras él está ahí bebiendo, comiendo y bailando otros están muriendo o presos. Eso puede generar sentimientos de culpa que pueden generar expresiones descontextualizadas de patriotismo”, explica Villarino.

Los otros grupos: los pudientes y los apolíticos, tal vez se sumaron al grito por un mero fenómeno de masas, explica el psicólogo social.

A las cuatro de la mañana ya habían quitado en el local la miniteca de la entrada. Dentro, en cambio, el DJ colocó reggae y prendieron la luz. Así le decían “hasta acá llegó la fiesta” a sus clientes. Sin embargo, las personas se mantuvieron en el lugar al menos unos 40 minutos más: pagar la cuenta, despedirse, observar dos peleas distintas.

Pero la fiesta no terminó allí. Faltaban las tradicionales arepas que finalizan, o en algunos casos simplemente acompañan, las rumbas venezolanas. Poco antes de las cinco de la mañana los carros salieron del estacionamiento del local, dieron la vuelta en la redoma de San Antonio, con dirección Los Teques, para parase en menos de un kilómetro a comer, a pesar de que Droostore más que una disco es un restaurant.

En Full Arepa continúo la rumba. Cola para estacionar, colar para pagar, cola para ser despachado. Parte de la muchedumbre rumbera de Droostore comían “reina pepiada” o arepas con queso amarillo. Otros, permanecían en el estacionamiento de la arepera bebiendo y moviendo sus cuerpos al ritmo de la música de sus propios carros. Faltaba poco para que el sol saliera, pero para algunos continuaba la fiesta.

Mientras tanto, en la redoma de San Antonio, a dos minutos del local, se encontraban una tanqueta de la GN y otras dos más, de color negro, que son propiedad del Conas. Aunque por momentos no pareciera, en Venezuela están pasando cosas.

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