El país no murió

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Foto: María Cecilia Peña. @macepena

Por José Camacho

Estamos en momentos en los que reina el desánimo. La tristeza es válida, la frustración, fundamentada, y la indignación, razonada. Y es que existen mil y un motivos para sentirse desesperado y desesperanzado.

El pasado domingo se consumó la instauración plena de la dictadura en Venezuela. Ese fue hecho sellado con la muerte de 18 personas el mismo día, y de más de 120 vidas a lo largo de este conflicto que, inocentes o no, jamás debieron pagar tan alto precio por la avaricia y la soberbia de unos pocos.

Es en momentos tan oscuros como estos que nos preguntamos: ¿Vale la pena seguir? ¿Existirá una salida a tan largo túnel? ¿No hemos agotado ya todas las vías sin obtener resultados?

El domingo murió el resto que quedaba de democracia. El pacto social que nos unía como país fue volado en mil pedazos. Ya no existe un marco legal válido, ni instituciones que nos representen. Pero no, nuestro país no ha muerto. Venezuela vive amordazada, con múltiples heridas, con mareos y vómitos, con dolores intestinos. Es un peligroso embarazo, en el cual se dará a luz la nueva patria. Sin embargo, ésta bien puede nacer sin vida.

Venezuela no morirá mientras exista quien luche por ella, quien dé la cara por su futuro. Es en situaciones como la presente que los pueblos conciben un futuro próspero, de esperanza y digno del sacrificio. A lo largo de la historia hemos visto cómo pueblos como el israelí han construido una de las mayores potencias tras recoger los pedazos rotos de las grandes tragedias que los han marcado. De igual manera podemos observar cómo los japoneses pocas décadas luego de quedar bajo las cenizas nucleares, lograron tener el tercer país con mayor índice de desarrollo humano en el planeta. Sin irnos muy lejos, los colombianos han sabido superar décadas de guerras para encontrar un camino de prosperidad.

En momentos como el que vivimos se pone a prueba la fortaleza de las personas, y se renueva la cohesión, la unión, la esencia de ser ciudadano. A veces hay que caer a lo más profundo para surgir con mayores bríos. En muchas ocasiones sale primero lo viejo, lo viciado, lo más sucio, para que pueda emerger lo nuevo, lo incorrupto.

Hemos llegado a un punto de inflexión en el cual no hay vuelta atrás. Tiene que terminar de pasar lo peor, para poder llegar a algo mejor.

En el plano político hemos llegado al punto más bajo. Maduro, con su fraude constituyente, no ha hecho otra cosa que meterse un autogol. Con esta jugada institucionalizó su dictadura de una manera descarada y abierta, tanto así que en el tablero internacional se está quedando cada vez más aislado y derrotado. Con sus medidas autoritarias ha sabido ganarse el rechazo de la mayor parte de la población. Mientras más arrecie el totalitarismo, más rápido vendrá su final.

En lo social, la situación viene de mal en peor. Las pésimas políticas gubernamentales, la escasez, la inseguridad, la inflación tan abismal han hecho que el simple hecho de tener un trabajo honrado y regresar a casa todos los días se vuelva en acto de heroísmo.

Pero por otro lado vemos la animosidad, el coraje, la gallardía de un pueblo que, más allá de orientaciones políticas, cae y se levanta, vence el miedo, busca orden en la anarquía y lucha por un mejor futuro.

Hemos llegado al precipicio, y quizás nos falte caer un poco más, pero una vez tocado el suelo no nos queda otra que empezar a subir, y poner todo nuestro empeño y sacrificio en lograr ese objetivo. Dicen que la mejor escuela es la vida, y si hay algo seguro es que de este proceso tan traumatizante y doloroso sacaremos lecciones de vida, y saldrá algo mejor.

Depende de nosotros, como individuos y como sociedad, dar lo mejor de nosotros mismos para que esto que estamos viviendo tenga sus frutos, y tanto sacrificio no sea en vano.

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