Todos cuando nos fuimos: una mirada sobre las despedidas

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Fotografía: Ocean drive

Por Jesús Verastegui

La primera persona que conozco que se fue para siempre del país, fue una compañera que se despidió una tarde en el salón de clases cuando yo estaba apenas en cuarto grado. Fue el primer adiós que lloré. El llanto es quizás la primera coordenada que nos exige toda despedida.

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Hace días disfruté de una obra de teatro que hablaba sobre el autoexilio. Uno de sus personajes me dejó guindando en un monólogo que decía (palabras más, palabras menos): “en algún lugar del mundo debe existir un tipo como yo que se levante en las mañanas y cuando se mire al espejo no sienta vergüenza…”

El exilio es también pasar de sexto grado a primer año. Rayarse las camisas cuando te gradúas de bachiller. Lanzar el birrete y esperar a que caiga de nuevo en tus manos. Si nos detenemos a pensar un poco lo que hemos sido como sociedad, podríamos decir que ser venezolano es también una manera de estar solo. Esa puede ser una razón por la que alguien abre su maleta y lanza un sinfín de objetos convertidos en recuerdos. A nadie le gusta contemplar el vacío grandísimo que hay dentro de una maleta, porque lo primero que nos hace eco somos nosotros mismos.

Preguntarse, entonces. ¿Por qué me voy? Aquí la lista de respuestas es larga y todas son válidas. Sin embargo, más allá de eso, irse de este país parece ya un requisito que todo ser humano nacido en esta tierra debe experimentar. Porque quedarse aquí es alejarse un poco de lo otro que no conocemos. Es renunciar a esa otra posibilidad de ser.

En una despedida uno mira al que se va como alguien que se está despellejando. Entras en un terreno donde las palabras hacen el esfuerzo de sobrentender el cariño. En las despedidas jodemos con el recuerdo que vivimos y más tarde lloramos la pequeña ausencia. Pero no se nos ocurre preguntarle al que se va: ¿No será que tú te estás yendo porque aquí te sientes solo? Claro que en la decisión de marcharse están inevitablemente los amigos, la familia; la soledad es distinta; pero todos entramos allí y nos descubrimos en el sabor agridulce del hasta pronto o el hasta nunca.

En este país todos los días nos despedimos de algo y de alguien. Es normal que sucedan los ciclos. Nos exigimos irremediablemente empezar de nuevo. Pero ninguna despedida es nombrada como tal ni vista como la tragedia que puede llegar a ser. No nos estamos dando cuenta que el país (a lo Yolanda Pantin) que perdimos cada uno dentro de nosotros, se extravió en un camino que requiere obligatoriamente entrecruzarse con otro. Y por qué no, lejos de aquí.

Entonces vale la pena preguntarse también ¿por qué me voy? ¿Por qué me fui? Y si nos permitimos ponernos un poco más profundos: ¿quién nos está esperando afuera? No sé si sean preguntas fáciles o cómodas de responder. Pero al final, aquí o allá ¿los espejos no siguen siendo los mismos?

La identidad es lo primero que uno debe cuestionarse. A veces pienso que en Venezuela la identidad se reduce a un papel rectangular plastificado. Muchas veces nos sentimos orgullosos de lo que tenemos y otras avergonzados. Por esa razón, el vacío se pronuncia cada vez más y de a poco nos vamos alejando del lugar donde nacimos para buscar desesperadamente nacer en otro. Desde ese punto de vista, podríamos decir que estamos huyendo de lo que no conocemos verdaderamente en nosotros.

Afuera los venezolanos lo reconocen fácilmente. Es imposible que ocultemos la vergüenza, lo chévere, lo jodedores que somos. Afuera nos abrazan y nos quieren porque somos como ese amigo que cae bien y habla hasta por los codos, y que al tiempo nos damos cuenta que en su casa nadie le paraba, nadie le escuchaba. A veces uno se va de su país porque la desolación es tan grande que uno piensa que afuera va a encontrar consuelo. Y en esa premisa, nos estamos aventurando al destierro, al lamentable abandono, a eso que muchos llaman escapismo. A cualquiera que se le pregunta si se quiere ir, dice que sí sin pensarlo. Nadie se quiere quedar aquí porque cada vez estamos soportando menos la soledad que han dejado todos los que se han marchado. Esa es la parte más triste, que todos los que se van dejan su identidad desolada y se encuentran afuera con otra muy distinta.

Es difícil arraigarnos a un país donde no estamos conscientes que para echar raíces en él se debe conocer el por qué debemos querer la patria, cómo podemos conservarla, qué necesito yo de ella y ella de mí. Si nada de esto se responde, es muy difícil que evitemos las despedidas. O al menos el motivo de las despedidas que estamos viviendo ahora.

Ya irse del país no es tanto una decisión, sino una consecuencia. Y lejos de las razones obvias por la que casi todos coincidimos. Creo que hay un trasfondo, y es la del desierto humano de crecer en un país donde no te han enseñado a quererlo lo suficiente sino a explotarlo.

Una despedida es, como me dijo un conocido, “abrirse las venas y dejar ir todo lo que se necesita.” No por eso debemos juzgar a los que se han ido ni los que se quedan y algún día se irán. Es necesario irse para que existan los viajes de regreso.

Aquella amiga que despedí y quise tanto nunca regresó al país. Ya veo difícil que vuelva. Me pregunto si, también, uno afuera después de tanto tiempo, puede dejar de querer al país donde nació. ¿Cómo se recuerda la patria en otro idioma y en otro clima? Con el tiempo se me han ido otros grandes amigos y familiares y a cada uno los he llorado distinto, en silencio, cerca del recuerdo. Yo todavía no me despido de lo único que conozco. Todavía, en el tiempo que deba seguir estando aquí, tengo que primero desterrarme de adentro ese verso de Yolanda Pantin que me resuena día y noche: ustedes/perdieron un país/ dentro de ustedes/. Necesito sacármelo un momento y convencerme que el país no lo perdí, sino que lo guardé por un momento. Como se guardan las cosas en una maleta.

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