Un país de invisibles

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Por Jesús Morales

Yorman vive en una esquina de la avenida Victoria. No se trata de un apartamento o una casa, él literalmente vive en la esquina. Si pasan sin percatarse, no son los únicos. De hecho es muy difícil percibir que está allí. Incluso la sábana con la que se arropa lo ayuda a ocultarse, la sábana blanca logra tapar el distintivo color de los cartones de su casa improvisada. Yo solo me di cuenta porque pasé una noche y el ruido que hacíamos lo despertó.

Es un joven, no sé bien por qué pasa las noches allí ni que hace durante el día cuando ese local comercial abre. Pero la vida de Yorman, al menos por hoy, no es el tema de este artículo. Como su historia hay muchas otras que “vemos” cada día. Pero no tienen nombre, difícilmente alguien puede recordar la cara de alguien que conoció en la calle. Hay muchas vidas que pasan desapercibidas en el día a día, la tuya, la mía. Al menos en esto él y yo tenemos algo en común; Yorman, como muchos venezolanos, es invisible.

El que seamos invisibles no se trata de no ser vistos, más bien es una cuestión de no ser reconocible, indistinguible entre la variedad de objetos a nuestro alrededor. Quizá la constante negación de nuestra identidad (o la ausencia de una) nos ha llevado a pensar en todos de la misma forma en que pensamos los objetos en nuestro entorno. Los objetos son fáciles de invisibilizar, solo hay que voltear para otro lado, en el momento en que salen de nuestro campo de visión, dejan de existir.

Esto explica por qué un conductor puede caer dos veces en el mismo hueco de una calle. En su memoria no quedó registrada la primera experiencia, fue negada, borrada. Creemos que este olvido es necesario para seguir adelante y preocuparnos por los accidentes que podemos prever en el futuro. El chiste se cuenta solo, olvidar un problema para prever otros a futuro, cuando el problema futuro termina siendo precisamente ese que decidimos olvidar. No deja de estar allí para que tropecemos con él cada vez que el olvido lo hace invisible.

Pero esta no es la única forma de ser invisible. Hay máscaras que terminan teniendo el mismo efecto. Pantallas que filtran la realidad para que solo la veamos por lo que queremos que sea, por lo poco o mucho que interpretamos de ella. Nos hemos acostumbrado a “vernos” en las pantallas de televisión, y las de computadoras y celulares.

Pero no es vernos realmente, ¿cierto? Más bien es representarnos, en la protagonista de telenovela, en la modelo de publicidad, en el personaje político, o el comentarista. Allí hallamos formas de comportarnos, maneras de vestirnos, posturas que defendemos u opiniones. Ahora, ¿nos conseguimos a nosotros? No es como que no estamos, es simplemente que no nos vemos; no realmente. Invisibles a un nivel fundamental.

Venezuela es un país de invisibles, una cultura acostumbrada a no verse a si misma, sino a mostrarse, siempre hacia afuera, una “sociedad del espectáculo”. Nadie dice que no necesitamos toda la parafernalia inventada de colores, formas y adornos con los cuales nos queremos mostrar, pero tras de esas formas alegóricas existen muchas realidades, algunas oscuras otras resplandecientes, las cuales definitivamente deberíamos explorar, hacer visibles. Quizá tal vez no sea un celular con cámara y tener todas las redes sociales instaladas aquello que más necesitamos para mostrar las noticias de lo que está pasando. Quizá un espejo sea más necesario.

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