Testimonial | Una larga fila de gente robada

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Por Jesús Verastegui 

Hay un lugar que nos reúne a todos los que nos han robado alguna vez en este país. Ahora con más frecuencia sucede que, las historias de los robos parecen ser una identificación que debería ya patentarse. Así como hay un raro carné de la patria. ¿Por qué no un carné de gente robada?

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Se me ocurrió hablar de esto porque en estos días me he saturado de anécdotas con relación a los robos que sucede en este país. Es sorprendente como ya nos contamos el susto como un rumor, que a medida que pasa el tiempo se va convirtiendo en una especie de mito. En algo que nos pasa a todos y nos pasa ya hasta de la misma manera. Son tantas las historias de robo que se repiten, que ya no nos sorprende su forma. Pienso que ya deberíamos estar más consciente del entorno, inhumen al susto, al ruido de las motos, de los tipos que se montan en la camionetica y te roban la calma.

Hace un mes aproximadamente me robaron en un parque al que consideraba mi lugar de encuentro. De pequeño mi papá nos llevaba allá, y a medida que he ido creciendo fui yo reencontrándome con ese mismo lugar, pero a solas, sin él, sin mi familia. Sinceramente jamás me confié completamente de sus espacios. El parque de los caobos tiene inmensos árboles que te vigilan y cuando ya empieza a caer el atardecer lo que aparece en el parque es un inmenso jardín cosechado de horrores. Me robaron en seguida que me disponía a descansar luego de haber trotado. Me robó un hombre que no se dejó mirar el rostro. Me quitó todo. Me dejó tirado en el suelo, inconsciente.

Esta misma anécdota, quizás un poco más detallada, la he contado incansablemente en las largas colas que he hecho para tratar de sacarme la cédula. El SAIME se ha convertido en el nuevo lugar para salvarnos la identidad desvalijada. Ya en la foto de la cédula salimos más asustado que en la anterior. Aunque sacarse algún documento indispensable ha sido fácil. Ha pasado un mes y todavía no he podido sacarme la cédula, puesto que misteriosamente todas las oficinas padecen actualmente con fallas en el sistema.

En esas largas colas lo que más se ha perdido es el pudor. Todos los que hemos intercambiado anécdotas, en nada nos avergüenza el olor a miseria del que nos vamos impregnando mientras pasan las horas y el sistema no termina de llegar. Nos contamos entre risas y poco asombro lo poco que comimos el día anterior. Lo que perdimos mientras íbamos en el metro. De lo que nos hemos resignado en el ejercicio de ir buscando otras alternativas y que ninguna se parezca al engaño de las esperanzas. “a mí me robaron dos policías que además estaban curdos”, me dijo un señor. “a mí la cédula me la perdió la niña”, “A mí me robaron en el metro y no me di cuenta”, “A mí casi me matan, me dejaron desmayado en el piso”. Digo ya.

No basta solo con el peso del miedo que a cuesta llevamos los pobres venezolanos. Sino que tenemos que encomendarnos a la podrida suerte de que los Saime estén funcionando para recuperarnos un poco del vacío.

Cuando estás sin cédula por ahí, siente uno que es como el ladrón que te robó. No sé cómo y cuándo nos volvimos dependiente de un documento que todavía no nos reencuentra con la identidad. Pero sin él, vivimos incompletos y el susto se nos agudiza aún más. Porque si te detiene la policía, el asunto se torna peor. Y nos convertimos en una película policíaca donde no sabes quién es el ladrón: si el choro que te robó, si uno por no tener identificación o el policía que está ansioso por quitarte algo.

Los empleados del saime seguramente también han sido y serán víctimas del hampa. Pero me pregunto si ellos lo menos que temen es perder su cédula de identidad. Mientras estás en la cola, ellos almuerzan tres veces. Salen y cuentan la cantidad de personas que hay. Se toman el café en la quietud del desespero de los demás. Te le acercas y le preguntas, con una amabilidad que a veces no sabemos de dónde la sacamos con el país hostil que llevamos dentro, y no te miran a la cara. Están cansados. “Yo también tengo familia”, dicen. “No hay sistema”. “Vengan mañana o vayan al saime de tal sitio”.

Todos los que cuidamos un puesto para acercarnos por fin al capta-huellas, terminamos por resignarnos. Nos vamos. Nos despedimos. Fue un placer. Nos recomendamos la vida. Nos invitamos a mirar el miedo de otra forma. Nos preguntamos cuándo nos vamos. Terminamos siendo cómplices de aquel que nos robó la cédula y de todos los que nos hacen perder el tiempo. Quizás es porque este país está tan hurtado, que ya estamos completamente anestesiados y nada hacemos para cambiar el rumbo. Lo único que nos hace visible ante el otro, son las historias que nos atrevemos a contar sin vergüenza. Es como si ya nos estuviésemos invitando a mirarnos el hueco roto en el zapato.

Mientras hago una vez más la cola para sacarme la cédula, esta vez en otra oficina y que paradójicamente se encuentra en Miraflores, me quedo pensando en el ladrón que no logré verle siquiera el rostro. Me pregunté cómo se llamaría. Qué habrá pensado en el momento que me dejó tirado en el suelo. Ahora que sabe mi nombre completo, y usa mi billetera y el bolso que me robó, ¿habrá fantaseado conmigo en una historia inventada por él? ¿A dónde van a sacarse la cédula todos los que nos han robado la vida en este país? ¿Hay un lugar especial donde van a reunirse y donde sí les funcione el sistema? ¿Y si el sistema caído en este país se debe al susto grandísimo que todavía cargamos en la respiración y que muy difícilmente se nos pueda a aquietar?

Quizás, se me ocurre, que una posible solución sea que, el país, o su gente responsable de, decidan que las nuevas cédulas de identidad no lleven nuestros rostros, como la del ladrón que me robó y me dejó la vida guindando.


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