“En Venezuela hay 30 millones de presos”, habla un detenido por protestar

"Cuando nos agarraron lo primero en lo que pensé fue en mi mamá. Mi mamá, mi mamá, mi mamá, y empezó la preocupación"

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Fotografía: María Cecilia Peña.

Por Juan Briceño

A Marcos Aponte lo detuvieron el 28 de junio durante una protesta en Caracas, lo ruletearon por varios lugares de la ciudad, pasó por varias celdas, le tocó dormir de pie, pasar un día sin comer y esperar por los interminables procesos administrativos antes de que los soltaran. La de Marcos no es la historia más triste, ni la más trágica, pero es el reflejo de otras tantas historias anónimas.

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Marcos tiene 31 años de edad. Es flaco, moreno, de estatura promedio, disfruta bastante salir a caminar, estudia comunicación social y es activista político de la organización Vente Venezuela, encabezada por la dirigente María Corina Machado, que recientemente se desligó de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD).

“Nos agarraron de la forma más estúpida. Nos emboscaron durante un trancazo en Santa Mónica. Cuando nos agarraron lo primero en lo que pensé fue en mi mamá. Mi mamá, mi mamá, mi mamá, y empezó la preocupación”, cuenta. Funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) lo detuvieron junto a Javier Chirinos, quien es coordinador de Vente en el Distrito Capital, durante la manifestación

Mientras la PNB continuaba la represión, los metieron en una tanqueta tipo murciélago donde aguardaron. Luego los ruletearon por distintos lugares de la ciudad: El Helicoide, el Bicentenario de Plaza Venezuela y otros lugares, y terminaron en El Helicoide de nuevo, en donde pasaron las primeras tres noches. 

“Me dijeron que mantuviera todo el tiempo la cabeza agachada”, explica, y narra que mientras los llevaban de un lugar a otro revisaron sus teléfonos y los separaban para interrogarlos.

“Yo estaba preocupado por lo que estaba pasando afuera, por mi mamá. Cuando uno ve vulnerado el estado de derecho, las violaciones, uno no sabe hasta qué punto van a respetar los derechos de uno. Y esa era otra cosa que me preocupaba, y pensar en mi familia, porque cuando caes preso tú, cae presa toda tu familia”, señala el también coordinador de comunicaciones de Distrito Capital de Vente.

Pasaron la primera noche en una celda en donde no se podían acostar. Estaban los dos de pie, junto con un delincuente común. Luego fue una celda más amplia. Fueron tres noches en el helicoide. Al cuarto día lo trasladan a celdas de tribunales en donde pasan todo el día sin comer. Finalmente, después de que los presentaran el primero de agosto (pasadas ya las 48 horas reglamentarias), los llevaron a un centro de reclusión y custodia en La Yaguara.

“Recuerdo que cuando llegamos a La Yaguara, en la primera celda en donde estuvimos los presos nos explicaron las reglas internas de la celda. ‘Si vas a orinar, con la mano con la que te agarreste el… no puedes tomar el perol del agua. Vas a orinar así, vas a comer así’, es como una tribu y cada celda era una tribu distinta. Había una celda más pequeña que tenía más presos que la más grande. Recuerdo también que me dieron lo que ellos llaman ‘La contención’, que fue habilitarme una colchoneta para dormir, y a las tres horas me despertaron porque le tocaba al otro. Me dijeron: Cuando te digan acuéstate a dormir, te acuestas a dormir, porque no sabes cuando te vuelve a tocar”, dice Marcos.

El activista señala que pese a sus preocupaciones, no recibió ningún maltrato físico. Una vez en La Yaguara los funcionarios le explicaron sus las normativas, y los presidiarios las suyas.

“Estando ahí dentro te das cuenta de que en Venezuela hay treinta millones de presos, ahí te das cuenta: me baño cuando me dicen, como cuando llega la comida, veo a mi familia cuando me dicen que pueden venir. Así estamos afuera: me baño cuando llega el agua, como cuando llega el CLAP. No hay libertad en el país, estás subordinado al estado”, la comparación que hace, aunque exagerada, alerta.

En La Yaguara esperó 30 días más antes de ser puesto en libertad. Fue imputado por alterar el orden público y, aunque los abogados desestimaron todo el caso, solicitaron fiadores para darlo en libertad con régimen de presentación. Los fiadores estaban a la mano, sin embargo todo el proceso se demoró.

“Uno de los policías nos dijo a nosotros un día: ‘Si a mi me dicen que te jodan, yo te voy a tener que joder. Yo no te quiero joder, pero si me dicen que te tengo que joder, yo te voy a joder’“, lo dijo sin malicia, según cuenta. Sereno y hasta amable, no como amenaza sino como aclaratoria.

Javier y Marcos tenían un día de visita a la semana. Los visitantes debían ser o los abogados o mujeres. Las recibían los miércoles, y podían hablar con familiares y amigos entre unos 15 o 20 minutos. No era ese su único contacto con el exterior, a veces los mismos policías se ponían a conversar con ellos sobre el panorama político y le contaban qué estaba sucediendo afuera. Por otros medios, no convencionales, también les llegaba información.

Durante el día leía, conversaba con los demás presos, contaban chistes o jugaban cartas. En las noches dormían en colchonetas en el piso, pues las literas de la celda estaban reservadas para los que tuvieran más tiempo en el retén.

Los domingos, además, recibían a evangélicos, testigos de Jehová y hasta santeros que se paraban afuera de la celda a predicarle a los prisioneros.

5 ventiladores había en la habitación que congregaba a más de 10 presos, y allí el calor era fatal, relata. Por la comida no había problema, ya que no la proveía la institución sino sus familiares y amigos, quienes una vez al día le llevaban lo necesario para el día, y hasta chucherías. El espacio donde se bañaban, por otro lado, era un patio más o menos amplio y bastante insalubre.

“Había unas alcantarillas para aguas negras donde tú hacías tus necesidades a la vista de todos, y una de las alcantarillas era el desagüe donde pasaba todo lo que salía de las otras celdas. Era bastante insalubre. Ese sitio tiene un aroma que yo espero no volverlo a oler más nunca en mi vida. Es como una mezcla de heces con sudor, orina, cigarrillos. Era la síntesis de todos los malos olores”, y mientras lo cuenta se frota la nariz como si el olor volviera a él.

Si se le caía la franela, no la recogía. No tocaba nada que llegara al piso de aquel pequeño patio porque daba asco. El suelo y los presos no debían tener contacto, incluso en la celda era mal visto entre ellos mismos estar descalzo.

“Lo que más extrañé fue el poder hacer todo. Salir, caminar, poder leer, tener contacto con los demás: mi gente. Mis amigos, mi familia, mis compañeros del partido. No es lo mismo comerte un chocolate en una celda que comerte un chocolate con tu mamá, en tu casa. La libertad es una vaina tan arrecha que un día antes de que nos sacaran nos llevaron a una zona del patio que no conocíamos. Y desde esa zona se veía un árbol. Yo tenía más de 30 días sin ver un árbol, no me acordaba de lo que era un árbol. La libertad es la libertad de yo ver, por ejemplo. Voy para acá y volteo y veo lo que yo quiero, y no las mismas cuatro paredes”, relata el estudiante.

Fue liberado el 31 de julio, justo un día después de la constituyente. Su abogado para entonces todo los días metía un recurso, pues 10 días antes todos los procedimientos habían terminado y esperaban sólo la boleta de excarcelación. Un policía, cuenta Marcos, le explicó allá adentro que la boleta no había llegado porque la orden era no soltar a nadie de las protestas antes del 30.

“La prisión te hace ver cómo el hombre vuelve a su estado primitivo. Allá hay también lo que llaman los desasistidos, que son las personas a las que no las va a visitar nadie, nadie les lleva comida. Habitan en una celda donde quién sabe cuánto tiempo tienen sin ver el sol. Ellos viven de las sobras, de lo que le daban los otros presos. Hay gente ahí dentro pasando hambre, que tiene un retardo procesal arrechísimo, que no tiene cómo comunicarse con nadie”, señala.

Nadie esperaba su liberación aquel día, sin embargo apenas avisaron, se congregaron en la sede del partido para celebrar, y luego con los más cercanos se bebió unos tragos en su casa. Al día siguiente, el martes 1 de agosto, ya estaba de vuelta al trabajo político. Continuó asistiendo a manifestaciones, pero con más cuidado. La cárcel lo había cambiado, y la situación del país no era la misma tampoco. Con la constituyente encima y las convocatorias de calle decayendo, la represión fue en aumento hasta que se acabaron las manifestaciones.

“¿Valieron la pena esos 34 días ahí adentro? Esa es una pregunta que no puedo responder en este momento porque esta lucha no ha terminado, y porque yo no me he rendido tampoco”, señala Marcos quien, apegado a la postura de su partido, critica que la MUD haya perdido el rumbo por las regionales.

No deja de señalar que durante el tiempo que estuvo detenido vio y sintió el descontento de los funcionarios por la situación que atraviesa el país actualmente. “Los jefes son chavistas”, aclara sin dejar dudas. Pero también señala que la mayoría de quienes reciben las órdenes obedecen y ya, no porque crean en lo que se les dice, sino porque su trabajo es obedecer.

De las anécdotas de esos días, la que cuenta con mayor esperanza es la siguiente: “Estando en el Bicentenario de Plaza Venezuela, se me acercó un PNB y pidió que me dejen a solas con él. Yo creía que me podía pasar cualquier cosa, y cuando me dejaron con él vino y me dijo: ‘Ustedes no están solos, no dejen que esto los desmoralice, estamos trabajando nosotros también para salir de esto. Todos estamos pasando por lo mismo’“.

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